lunes, agosto 8

Esperando sin fuerzas






Dios no da la gracia a los hombres de tal modo que se suspendan las funciones y procesos de la naturaleza. 0 bien permite que la naturaleza se acomode a la gracia y la sirva de tal modo que la obra buena sea hecha con más facilidad., o, caso de que la naturaleza esté dispuesta a resistir, Dios hace que esta misma resistencia, vencida y subyugada por la gracia, aumente el mérito de la obra, precisamente en razón de que era difícil de llevar a cabo.




Sabía Cristo que muchas personas de constitución débil se llenarían de terror ante el peligro de ser torturadas, y quiso darles ánimo con el ejemplo de su propio dolor, su propia tristeza, su abatimiento y miedo inigualable. De otra manera, desanimadas esas personas al comparar su propio estado temeroso con la intrépida audacia de los más fuertes mártires, podrían llegar a conceder sin más aquello que temen les será de todos modos arrebatado por la fuerza. A quien en esta situación estuviera y parece como si Cristo se sirviera de su propia agonía para hablarle con vivísima voz:




-"Ten valor, tú que eres débil y flojo, y no desesperes. Estás atemorizado y triste, abatido por el cansancio y el temor al tormento. Ten confianza. Yo he vencido al mundo, y a pesar de ello sufrí mucho más por el miedo y estaba cada vez más horrorizado a medida que se avecinaba el sufrimiento. Deja que el hombre fuerte tenga como modelo mártires magnánimos, de gran valor y presencia de ánimo. Deja que se llene de alegría imitándolos. Tú, temeroso y enfermizo, tómame a Mí como modelo. Desconfiando de ti, espera en Mí. Mira cómo marcho delante de ti en este camino tan lleno de temores. Agárrate al borde de mi vestido, y sentirás fluir de él un poder que no permitirá a la sangre de tu corazón derramarse en vanos temores y angustias; hará tu ánimo más alegre, sobre todo cuando recuerdes que sigues muy de cerca mis pasos -fiel soy, y no permitiré que seas tentado má s allá de tus fuerzas, sino que te daré, junto con la prueba, la gracia necesaria para soportarla-, y alegra también tu ánimo cuando recuerdes que esta tribulación leve y momentánea se convertirá en un peso de gloria inmenso. Porque los sufrimientos de aquí abajo no son comparables con la gloria futura que se manifestará en ti. Saca fuerza de la consideración de todo esto y arroja el abatimiento y la tristeza, el miedo y el cansancio, con el signo de mi cruz y como si sólo fueran vanos espectros en las tinieblas. Avanza con brío y atraviesa los obstáculos firmemente confiado en que yo te apoyaré y dirigiré tu causa hasta que seas proclamado vencedor. Te premiaré entonces con la corona de la victoria."




Entre las razones por las que nuestro Salvador tomó sobre sí mismo las pasiones de la natural debilidad humana, esta última de la que acabo de hablar no es menos digna de consideración. Quiero decir que de verdad se hizo débil por causa del débil, para poder así atender a otros hombres débiles gracias, precisamente, a su propia debilidad. Tan impresa tenía en su corazón la preocupación por nuestra felicidad que todo el proceso de su agonía no parece haber sido delineado sino para dejar bien asentada toda una disciplina de lucha y un método para el soldado que, débil y temeroso, necesita ser empujado -por así decir- al martirio.




La Agonía de Cristo




Santo Tomás Moro





jueves, junio 16

Querría dejar de amarlos











En el pequeño coro de la iglesia, en adoración, el Padre Pío escuchaba los lamentos de Jesús, que un día le dijo:



"¡con qué ingratitud es pagado mi amor por parte de los hombres!



Estaría menos ofendido por ellos si los hubiera amado menos... (y en ese momento Jesús calló y suspiraba, y luego retomó) pero ¡ay de mí! ¡Mi corazón está hecho para amar! Los hombres viles y frágiles no se hacen ninguna violencia para vencer las tentaciones, las que por el contrario los deleitan en su iniquidad. Las almas más predilectas por mí, cuando son probadas, decaen, las débiles me abandonan ante el temor y la desesperación y las fuertes se van relajando poco a poco.







Me quedo solo en la noche, sólo de día en las iglesias. No cuidan más del sacramento del altar; no se habla nunca de este sacramento de amor; e incluso aquellos que hablan de él, ¡ay de mí! con que indiferencia, con que frialdad.







Se han olvidado de mi corazón, ninguno se preocupa más de mi amor; estoy siempre entristecido. Mi casa se ha transformado para muchos en un teatro de diversiones; ni siquiera mis ministros, por los que siempre he tenido predilección, a los que he amado como a la pupila de mis ojos, ellos tendrían que consolar a mi corazón lleno de amargura; ellos deberían ayudarme en la redención de las almas, en cambio, ¿quién lo creería? De ellos debo recibir ingratitud y desconocimiento. Veo, hijo mío, a muchos de ellos que... (en ese instante se quedó quieto, los sollozos le cerraron la garganta, lloró en secreto) que bajo aspecto hipócrita me traicionan con comuniones sacrílegas, pisando la luz y las fuerzas que continuamente les doy ... (Epist. I,342)





El Padre Pío adoraba el misterio eucarístico y permanecía aturdido ante la humildad del Hombre-Dios. A Rafaela Cerase le había escrito:




¡Él que es una sola cosa con el Padre, él que es el amor y la delicia del Eterno Padre, a pesar de saber que todo lo que haría en la tierra sería grato y ratificado por su Padre en el cielo, pidió su permiso para quedarse entre nosotros!

¡Cuánto exceso de amor del Hijo por nosotros y al mismo tiempo cuánto exceso de humildad para pedirnos que le permitamos quedarse con nosotros hasta el fin del mundo! ¡Pero cuánto exceso de amor del Padre por nosotros que, luego de haberle visto lastimoso recibiendo pésimos tratamientos, permite a este su Hijo dilecto quedarse todavía entre nosotros, para ser cada día objeto de nuevas injurias!



Este buen Padre, ¿cómo ha podido consentir esto?



¿No bastaba, Oh Padre Eterno, haber permitido una vez que este Hijo tuyo haya sido entregado al furor de los enemigos judíos?



¿Cómo soporta, oh Padre, tu piadosísimo corazón el ver a tu Hijo Unigénito dejado de lado o incluso despreciado por tantos indignos cristianos? (...) ¿Quién, por lo tanto, oh Dios, defenderá este mansísimo Cordero, que nunca abre la boca por su causa y sólo la abre por nosotros?



Padre, no puedo pedirte que saques a Jesús de en medio nuestro, si no ¿cómo podría vivir yo, débil y frágil, sin este alimento eucarístico? Padre santo, te pido que aceleres el fin del mundo o que termines con tanta iniquidad que contra la persona adorable de tu Unigénito, continuamente se permiten (Epist. II. 343)

viernes, junio 3

A la 1 a las 2 y a las ... 3








…«Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como le habéis visto marcharse» (Hch 1,11).





Con eso queda confirmada la fe en el retorno de Jesús, pero al mismo tiempo se subraya una vez más que no es tarea de los discípulos quedarse mirando al cielo o conocer los tiempos y los momentos escondidos en el secreto de Dios. Ahora su tarea es llevar el testimonio de Cristo hasta los confines de la tierra.



La fe en el retorno de Cristo es el segundo pilar de la confesión cristiana. Él, que se ha hecho carne y permanece Hombre sin cesar, que ha inaugurado para siempre en Dios el puesto del ser humano, llama a todo el mundo a entrar en los brazos abiertos de Dios, para que al final Dios se haga todo en todos, y el Hijo pueda entregar al Padre al mundo entero asumido en Él (cf. 1 Co 15,20-28). Esto implica la certeza en la esperanza de que Dios enjugará toda lágrima, que nada quedará sin sentido, que toda injusticia quedará superada y establecida la justicia. La victoria del amor será la última palabra de la historia del mundo.



Como actitud de fondo para el «tiempo intermedio», a los cristianos se les pide la vigilancia. Esta vigilancia significa, de un lado, que el hombre no se encierre en el momento presente, abandonándose a las cosas tangibles, sino que levante la mirada más allá de lo momentáneo y sus urgencias.




De lo que se trata es de tener la mirada puesta en Dios para recibir de Él el criterio y la capacidad de obrar de manera justa.



Por otro lado, vigilancia significa sobre todo apertura al bien, a la verdad, a Dios, en medio de un mundo a menudo inexplicable y acosado por el poder del mal. Significa que el hombre busque con todas las fuerzas y con gran sobriedad hacer lo que es justo, no viviendo según sus propios deseos, sino según la orientación de la fe. Todo eso está explicado en las parábolas escatológicas de Jesús, particularmente en la del siervo vigilante (cf. Lc 12,42- 48) y, de otra manera, en la de las vírgenes necias y las vírgenes prudentes (cf. Mt 25,1-13).



Pero ¿cuál es la situación de la existencia cristiana respecto al retorno del Señor? ¿Lo esperamos de buena gana o no? Ya Cipriano de Cartago (t 258) se vio en la necesidad de exhortar a sus lectores a que el temor ante las grandes catástrofes o ante la muerte no les alejara de la oración por el retorno de Cristo.



¿Debemos acaso apreciar más el mundo que está declinando que al Señor que, no obstante, esperamos?



El Apocalipsis termina con la promesa del retorno del Señor e implorando que se cumpla: «El que atestigua esto responde: "Sí, vengo enseguida". Amén. ¡Ven, Señor Jesús!» (22,20). Es la oración de la persona enamorada que, en la ciudad asediada y oprimida por tantas amenazas y los horrores de la destrucción, espera necesariamente con afán la llegada del Amado, que tiene el poder de romper el asedio y traer la salvación. Es el grito lleno de esperanza que anhela la cercanía de Jesús en una situación de peligro, en la que sólo Él puede ayudar.





Pablo pone al final de la Primera Carta a los Corintios la misma oración según la formulación aramea, pero que puede ser dividida y, por tanto, también entendida de dos maneras diferentes: «Marana tha» («Ven, Señor»), o bien, «Marana tha» («El Señor viene»). En este doble modo de lectura se puede ver claramente la peculiaridad de la espera cristiana de la llegada de Jesús. Es al mismo tiempo el grito: «Ven»; y la certeza llena de gratitud: «Él viene».





Sabemos por la Didaché (ca. 100) que este grito formaba parte de las plegarias litúrgicas de la celebración eucarística de los primeros cristianos; aquí se encuentra también concretamente la unidad de los dos modos de lectura. Los cristianos invocan la llegada definitiva de Jesús y ven al mismo tiempo con alegría y gratitud que ya ahora Él anticipa esta llegada: ya ahora viene a estar entre nosotros.






La oración cristiana por el retorno de Jesús contiene siempre también la experiencia de su presencia. Esta plegaria nunca se refiere exclusivamente al futuro. Sigue siendo válido precisamente lo que ha dicho el Resucitado: «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Él está con nosotros ahora, y de modo particularmente denso en la presencia eucarística. Pero, viceversa, la experiencia cristiana de la presencia lleva también en sí misma la tensión hacia el futuro, hacia la presencia definitivamente cumplida: la presencia de ahora no es todavía completa. Impulsa más allá de ella misma Nos pone en camino hacia lo definitivo.






Me parece oportuno aclarar aún, mediante dos expresiones diferentes de la teología, esta tensión intrínseca de la espera cristiana del retorno, espera que ha de caracterizar la vida y la oración cristiana. En el primer domingo de Adviento, el breviario romano propone a los orantes una catequesis de Cirilo de Jerusalén (Cat. XV,1-3: PG 33,870-874), que comienza con estas palabras: «Anunciamos la venida de Cristo, pero no una sola, sino también una segunda... Pues casi todas las cosas son dobles en nuestro Señor Jesucristo. Doble es su nacimiento: uno de Dios, desde toda la eternidad; otro de la Virgen en la plenitud de los tiempos. Es doble también su descenso: el primero silencioso..., el otro manifiesto, todavía futuro». Esta doctrina sobre la doble venida ha dejado su sello en el cristianismo y forma parte del núcleo del anuncio del Adviento. Todo esto es correcto, pero insuficiente.






Apenas unos días después, el miércoles de la primera semana de Adviento, el breviario ofrece una interpretación tomada de las homilías de Adviento de san Bernardo de Claraval, en la cual se expresa una visión complementaria. En ella se lee: «Sabemos de una triple venida del Señor. Además de la primera y de la última, hay una venida intermedia (adventus medius)... En la primera venida, el Señor vino en carne y debilidad; en esta segunda, en espíritu y poder; y, en la última, en gloria y majestad» (In Adventu Domini, serm. III, 4.V, 1: PL 183, 45A.5050C-D). Para confirmar su tesis, Bernardo se remite a Juan14, 23: «El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él».






Se habla explícitamente de una «venida» del Padre y del Hijo: es la escatología del presente, que Juan desarrolla. En ella no se abandona la espera de la llegada definitiva que cambiará el mundo, pero muestra que el tiempo intermedio no está vacío: en él está precisamente el adventus medius, la llegada intermedia de la que habla Bernardo. Esta presencia anticipadora forma parte sin duda de la escatología cristiana, de la existencia cristiana.






Aunque la expresión adventus medius era desconocida antes de Bernardo, su contenido existía ya desde el principio en toda la tradición cristiana de distintas maneras. Recordemos que san Agustín, por ejemplo, veía las palabras del anuncio en la nube sobre la que viene el Juez universal: las palabras del mensaje transmitidas por los testigos son la nube en la que Cristo viene al mundo; ya ahora. Así se prepara al mundo para la venida definitiva. Las modalidades de esta «venida intermedia» son múltiples: el Señor viene en su Palabra; viene en los sacramentos, especialmente en la santa Eucaristía; entra en mi vida mediante palabras o acontecimientos.






Pero hay también modalidades de dicha venida que hacen época. El impacto de dos grandes figuras —Francisco y Domingo— entre los siglos XII y XIII, ha sido un modo en que Cristo ha entrado de nuevo en la historia, haciendo valer de nuevo su palabra y su amor; un modo con el cual ha renovado la Iglesia y ha impulsado la historia hacia sí. Algo parecido podemos decir de las figuras de los santos del siglo XVI: Teresa de Ávila, Juan de la Cruz, Ignacio de Loyola, Francisco Javier, llevan consigo nuevas irrupciones del Señor en la historia confusa de su siglo, que andaba a la deriva alejándose de Él. Su misterio, su figura, aparece nuevamente; y, sobre todo, se hace presente de un modo nuevo su fuerza, que transforma a los hombres y plasma la historia.






Por tanto, ¿podemos orar por la venida de Jesús? ¿Podemos decir con sinceridad: «¡Marana tha!: ¡Ven, Señor Jesús!»?




Sí, podemos y debemos. Pedimos anticipaciones de su presencia renovadora del mundo. En momentos de tribulación personal le imploramos: Ven, Señor Jesús, y acoge mi vida en la presencia de tu poder bondadoso. Le rogamos que se haga cercano a los que amamos o por los que estamos preocupados. Pidámosle que se haga presente con eficacia en su Iglesia.






Y ¿por qué no le pedimos también que nos dé hoy nuevos testigos de su presencia, en los que Él mismo se acerque a nosotros? Y esta oración, que no apunta directamente al fin del mundo, pero que es una verdadera súplica de su venida, conlleva toda la amplitud de aquella oración que Él mismo nos ha enseñado: «Venga a nosotros tu reino», ¡Ven, Señor Jesús!






Volvamos una vez más a la conclusión del Evangelio de Lucas. Jesús llevó a los suyos cerca de Betania, se nos dice. «Levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos subiendo hacia el cielo» (24,50s). Jesús se va bendiciendo, y permanece en la bendición. Sus manos quedan extendidas sobre este mundo. Las manos de Cristo que bendicen son como un techo que nos protege. Pero son al mismo tiempo un gesto de apertura que desgarra el mundo para que el cielo penetre en él y llegue a ser en él una presencia.






En el gesto de las manos que bendicen se expresa la relación duradera de Jesús con sus discípulos, con el mundo. En el marcharse, Él viene para elevarnos por encima de nosotros mismos y abrir el mundo a Dios. Por eso los discípulos pudieron alegrarse cuando volvieron de Betania a casa. Por la fe sabemos que Jesús, bendiciendo, tiene sus manos extendidas sobre nosotros. Ésta es la razón permanente de la alegría cristiana.



Jesus de Nazareth (2)


Benedicto XVI

lunes, mayo 9

Reciente reputación



Ahora entre nosotros la Orden mas santa está en vías de convertirse en la porción más vil de todas. Pues la sede principal se obtiene por mala conducta más que por virtud, y las sedes no pertenecen a los más dignos sino a los más poderosos.

Con facilidad y sin esfuerzos se toma para mandar a cualquiera de reciente reputación que, apenas instalado, se lanza como lo hacen los gigantes de la fábula.

Hacemos santos de un día para otro, y pretendemos que tengan sabiduría los que ni siquiera la han aprendido y que no han aportado a la función que acceden más que el deseo de encaramarse en ella.

(San Gregorio Nacianceno, Orat. 43)



Tomado de "La Iglesia de los Padres" del Beato J. H. Newman. p.87/8

martes, mayo 3

Muggles











El liberalismo ilustrado es ciego para el mal en el mundo: lo mismo para el demoníaco poder del adversarius diabolus, el "enemigo malo", que para ese otro poder, henchido de misterio, de la ofuscación del hombre y la perversión de la voluntad. En el peor de los casos, no le parece el poder del mal tan "seriamente" peligroso como para que no sea posible "tratar" y "discutir" con él.





En la imagen del mundo del liberalismo se extingue el "no" inquietante, inexorable y despiadado, que es para el cristiano una realidad evidente. La vida moral del hombre es falsamente transmutada en una ingenuidad aheroica y sin riesgo; el camino de la perfección se nos aparece así como un "despliegue" o "evolución" de tipo vegetal, que alcanza su bien sin necesidad de combatir.





La piedra angular de la teoría cristiana de la vida es por el contrario, el concepto de bonum arduum o bien arduo, cuyo radio de acción transciende el de la mano que se extiende sin esfuerzo.





El liberalismo no puede menos de calificar sin sentido a la verdadera fortaleza que se esfuerza en el combate, antojándosele sin remedio ser un "estúpido" el hombre que participa de semejante virtud.





Hay no obstante, por otra parte, una fortaleza paradójicamente nacida del liberalismo, como consecuencia y protesta a la vez, que cree tener derecho a reclamar la corona del heroísmo para la ciega "exposición" y la "total" entrega al peligro, mientras hace alarde de la mas absoluta indiferencia por saber cuales son los motivos de la acción.




Josef Pieper
Fortaleza: Introducción.
Las Virtudes Fundamentales

jueves, marzo 17

San Patricio



"Impímid ort a ógánaigh (naofa), teacht agus siúl arís inár measc."


“Te rogamos, niño santo que vengas y andes todavía entre nosotros.”

miércoles, marzo 9

Nuevo ayuno y abstinencia (by J. H. Newman)



La entrega a Dios


Supongo que a muchas personas habrá chocado el que en los últimos tiempos se hayan relajado tanto la rigidez y severidad le la religión de las primeras épocas. Ha tenido lugar un abandono gradual de los deberes duros, que en un principio se exigían por encima de todo. Hubo un tiempo en que todas las personas, para hablar en general, se abstenían de comer carne durante toda la Cuaresma. Sobre este punto: a la vez ha habido más dispensas y este mismo año una reciente. ¿Qué significa esto? ¿Qué consecuencia podemos sacar?


Es ésta una cuestión que vale la pena considerar. Pueden darse varias respuestas, pero me voy a limitar a una de ellas.


Yo respondo que


… el ayuno es sólo una rama de un deber grande e importante: nuestra subordinación a Cristo. Debemos entregarle todo lo que tenemos, todo lo que somos, no debemos retener nada. Debemos presentar ante El, como cautivos con los que puede hacer lo que quiera, nuestra alma y nuestro cuerpo, nuestra razón, nuestro criterio, nuestros afectos, nuestra imaginación, nuestros sentidos, nuestro deseo. Lo importante es subordinarnos, pero en la forma particular en la que debe expresarse el gran precepto del autodominio y la propia entrega, que depende de la persona como tal y del tiempo o el lugar.


Lo que está bien en una época o una persona, no lo está en otras.


Hay otros ejemplos de cambios. Así, la devoción a los santos es una práctica católica. Está fundamentada en una clara doctrina católica y ha sido siempre la misma desde el principio. Sin embargo es cierto que el objeto principal de dicha devoción ha variado a través de los tiempos, y ahora, igualmente, varía según los individuos, de tal manera que una persona tiene devoción a un santo y otra a otro; y de modo semejante ha variado ampliamente en la Iglesia; por ejemplo, justo al principio, los mártires acapararon la atención principal, como era natural. Era lógico, cuando los amigos iban muriendo diariamente bajo la espada o empalados ante sus ojos, que los cristianos dirigieran su devoción, en primera instancia, a los espíritus glorificados de aquéllos. Cuando quedó garantizado un tiempo de paz externa, el pensamiento de la Santísima Virgen tomó su puesto en los corazones de los fieles y hubo una devoción a Ella mayor que antes. Y este pensamiento de la Santísima Virgen ha crecido con más fuerza y claridad y con mayor influjo sobre las mentes de la Iglesia. Los siervos devotos de María eran relativamente pocos en los primeros tiempos; ahora hay muchos.


Otro ejemplo: la lucha actual contra los espíritus malignos podría parecer muy diferente de lo que fue en los primeros tiempos. Ellos atacan en una época civilizada de manera más sutil que en época primitiva. En la vida de los santos y en otros lugares, leemos acerca del espíritu maligno como mostrándose y luchando con ellos cara a cara; pero ahora esos experimentados y sutiles espíritus se encuentran que es más conveniente para ellos no mostrarse a sí mismos, o por lo menos no tanto. Consideran más interesante dejar extinguir gradualmente en las mentes de los hombres la idea de su existencia, para, no siendo reconocidos, poder hacer más daño. Y asaltan a los hombres de una manera más sutil; no groseramente, mediante alguna tentación burda que cualquiera puede entender, sino de alguna forma más refinada. Se dirigen a nuestro orgullo y a nuestra propia estimación, o a nuestro amor al dinero, o a la comodidad, o a nuestro afán de ostentación, o a nuestra razón depravada, y de este modo dominan realmente a personas que parecen, a primera vista, completamente superiores a la tentación.


Apliquemos ahora estos ejemplos al caso que nos importa. De lo dicho no se sigue que a vosotros no os concierna nada en cuanto a mortificación, aunque no tengáis que ayunar tan rígidamente como antiguamente. Es razonable pensar que puede ocupar su lugar algún otro deber del mismo tipo general, y, por lo tanto, el permiso concedido para comer nos puede sugerir que seamos más severos, en cambio, en otro particular.


Y esta hipótesis está confirmada por la historia de las tentaciones de Nuestro Señor en el desierto. La cosa empezó, observaréis, con un intento por parte del espíritu maligno para hacerle romper impropiamente su ayuno. Empezó, pero no terminó ahí. No fue más que la primera de las tres tentaciones, y las otras dos fueron dirigidas más a su mente que a sus deseos materiales. Una fue que se arrojara desde lo alto del pináculo, la otra la oferta de todos los reinos del mundo. Eran tentaciones más sutiles. Ahora bien, hemos empleado sutil y es necesaria alguna explicación.


Por tentación sutil o pecado sutil quiero indicar uno difícil de descubrir. Todo el mundo sabe lo que es romper los diez mandamientos, el primero, el segundo, el tercero, etcétera. Cuando una cosa está ordenada directamente y el demonio nos tienta para que la quebrantemos, no se trata de una tentación sutil, sino de una burda y grosera. Pero hay un gran número de cosas malas que no son tan evidentemente malas. Son malas porque conducen a lo que es malo o porque son malas las consecuencias; o son malas porque son lo mismo que aquello que está prohibido, pero disfrazado y considerado desde otro punto de vista. La mente humana es muy engañosa; cuando algo está prohibido, no gusta hacerlo directamente, pero se hace lo prohibido si se puede conseguir por algún camino. Es como un hombre que tiene que llegar a un lugar determinado. Primero intenta ir en línea recta, pero encuentra el camino bloqueado; entonces da un rodeo. Al principio no pensaríais que va en la dirección correcta; empieza quizá formando un ángulo recto con ella, pero inmediatamente hace una pequeña curva, luego otra, hasta que, por fin, va a su destino. O también, es como un buque navegando con viento contrario; pero tomando primero esta dirección, y después aquélla, los marinos consiguen, por fin, alcanzar su destino. Este, pues, es un pecado sutil, que al principio parece que no es pecado, pero acaba, mediante un rodeo, en el mismo punto que un pecado directo y claro.


Pongamos algunos ejemplos. Si el demonio tentara a alguien a salir al camino a robar, ésta sería una tentación clara y directa; pero si le tentara a hacer algo injusto en el curso de un negocio, que perjudicara a otro y le favoreciera a él mismo, sería una tentación más sutil. El hombre tomaría lo que era de su prójimo, pero su conciencia no se impresionaría tanto. Así, el equívoco es un pecado más sutil que la mentira directa. De la misma forma, una persona sin intoxicarse puede, sin embargo, comer demasiado. La glotonería es un pecado más sutil que la embriaguez, porque no se nota tanto. Asimismo, los pecados del alma son más sutiles que los del cuerpo. La infidelidad es un pecado más sutil que la liviandad.


Incluso en el caso de Nuestro Señor, el tentador empezó dirigiéndose a los deseos materiales. Había ayunado durante cuarenta días y estaba hambriento. Por eso el demonio le tentó para que comiera. Pero cuando El no consintió, el tentador continuó con unas tentaciones más sutiles. Tentó su orgullo espiritual y su ambición de poder. Muchos hombres que evitarían la intemperancia no repararían en su pecado de ansia de poder o su orgullo por sus dotes espirituales; esto es, reconocerían que estas cosas son malas, pero no verían que eran culpables de ellas.


Además, observo que una edad civilizada está más expuesta a los pecados sutiles que una edad ruda. ¿Por qué? Por esta sencilla razón, porque es más fértil en excusas y evasiones. Se puede defender el error y cegar así los ojos de aquellos que no tienen una conciencia muy vigilante. Se puede hacer plausible el error, se puede hacer considerar el vicio como virtud. El pecado se dignifica con nombres elegantes; a la avaricia se la designa como el propio cuidado de la familia, o de la industria; al orgullo se le llama independencia; a la ambición, grandeza de espíritu; al resentimiento, amor propio y sentido del honor, y así sucesivamente.


Tal es esta época, y por eso la forma de negarnos a nosotros mismos debe ser muy distinta de la de una época primitiva. A los bárbaros recientemente convertidos, o a las muchedumbres belicosas, de fiero espíritu y de gran fuerza, nada podía domarles mejor que el ayuno. Pero nosotros somos muy diferentes. Sea por el curso natural de los siglos, sea por nuestro modo de vivir, por la amplitud de nuestras ciudades o por otras causas, el caso es que nuestras fuerzas son débiles y no podemos soportar lo que aguantaban nuestros antecesores. Así, hay muchas personas que de alguna manera deben ser dispensadas, bien por su duro trabajo, o bien porque nunca poseen lo suficiente y no se les puede pedir tal restricción en Cuaresma. Estas son razones por las cuales la ley del ayuno no es tan estricta hoy como lo fue una vez. Y permitidme que os diga que la ley que la iglesia nos impone ahora, aunque indulgente, es, sin embargo, estricta también. Prueba a una persona. Para la mayoría de la gente es prueba una sola comida al día, aunque algunos días esté permitido tomar carne. Para nuestras débiles constituciones basta con que haya una mortificación de la sensualidad. Sirve al fin para el que fue instituido el ayuno. Por otra parte, siendo tan ligera como es, tanto más suave que en los primeros tiempos, nos sugiere que junto a la glotonería y la embriaguez hay muchos otros pecados y debilidades que mortificar. Nos sugiere que tal como nos es-forzamos en ser limpios y sin manchas en nuestro cuerpo, estemos en guardia para no ser sucios y llenos de pecado en nuestros pensamientos, inclinaciones y deseos.


Justo cuando acababa la edad ruda del mundo y empezaba una edad llamada de luz y civilización—me refiero al siglo XVI—, la Providencia de Dios Todopoderoso suscitó dos santos. Uno procedía de Florencia, el otro de España, y coincidieron en Roma. Eran entre sí lo más distinto que dos hombres puedan ser: distintos por su historia, por su carácter, y por las instituciones religiosas que más tarde, por la gracia providente de Dios, habrían de fundar. El español había sido soldado; su historia era apasionante. Había sido agitado por la guerra, y, después de su conversión, fundó una compañía de caballeros—pueden llamarse así—que quedaban alistados a una especie de servicio militar en defensa de la Santa Sede. El florentino era santo desde muchacho; no cometió, quizá, jamás un pecado mortal, y fue un santo sedentario, de casa. Vivió en Roma durante cuarenta años, sin dejarla nunca. El florentino es San Felipe Neri, y el español San Ignacio. Estos dos santos tan dispares fueron ambos grandes maestros de la gracia, la abstinencia y el ayuno en sus propias personas. Su ascetismo personal fue maravilloso y, sin embargo, estas dos grandes lumbreras, tan mortificadas ellas mismas y tan dispares entre sí, coincidieron en este punto: no imponer sacrificios corporales de cierta extensión a sus discípulos, sino mortificación del espíritu, de la voluntad, de las inclinaciones, de los sentidos, del juicio, de la razón. Estuvieron iluminados divinamente para ver que la época que se aproximaba, en cuyos comienzos se encontraban ellos, requería sobre todo mortificación de la razón y la voluntad más bien que del cuerpo, aunque fuera, desde luego, necesario esto también.


Pues bien, hermanos míos, yo he sacado mi conclusión práctica. Lo que todos nosotros necesitamos más que ninguna otra cosa, lo que esta época necesita, es que la inteligencia y la voluntad se sometan a una ley. Actualmente no tiene ninguna; su ley es la propia voluntad; su medida de toda verdad, la propia razón. No se doblega ante ninguna autoridad, no se somete a la ley de la fe. Es sabia a sus propios ojos y confía en sus propios recursos. Y vosotros, que vivís en el mundo, estáis en peligro de ser seducidos por él y participar de su pecado, y, finalmente, de su castigo. Permitidme ahora, para terminar, que os sugiera uno o dos puntos con los cuales podréis nutrir vuestras mentes, que lo necesitan más incluso que vuestros cuerpos. Por ejemplo, en cuanto a la curiosidad. ¡Qué tiempo se pierde, por no hablar de otras cosas, en esta época por la curiosidad acerca de cosas que no nos conciernen en absoluto! No hablo contra el interés por las noticias del día en general, porque la marcha del mundo debe interesar siempre al cristiano, debido a su relación con la suerte de la Iglesia; me refiero a la curiosidad vana, la afición al escándalo, a la palabrería, el curioseo de la vida privada de las personas, la curiosidad acerca de desgracias o de injurias y asuntos personales, y, aún más frecuente y peor, la curiosidad sobre el pecado. ¡Qué extraña curiosidad morbosa se siente a veces por conocer las historias de los mismos asesinos y malhechores! Y peor aún, duro es decirlo, pero cuánta curiosidad mala existe por conocer hechos turbios, de los que el Apóstol dice que es vergonzoso hablar. Muchas personas, sin intención de caer en lo mismo, leen, llevadas por una curiosidad malsana, lo que no debieron leer. Este es, en una forma u otra, el pecado más frecuente de los muchachos, y sufren con él.


El conocimiento del mal es el primer paso para caer en él. Así, pues, en esta Cuaresma que empezamos ahora estamos llamados a mortificarnos acerca de estas cosas. Mortifiquemos la curiosidad. El deseo de conocer es, en sí mismo, valioso, pero puede ser exagerado, puede distraernos de cosas superiores, puede quitarnos mucho tiempo; es una vanidad. El predicador distingue entre instrucción provechosa y no provechosa cuando dice: "Las palabras del sabio son como pinchos y clavos". Nos excitan y estimulan y quedan fijas en nuestra memoria. "Para más allá de esto, hijo mío, no indagues. Parece que no va a tener fin el escribir muchos libros, pero el excesivo estudio (entendámonos, el desojarse acerca de temas mundanos) "es miseria para el cuerpo." Tengamos todos un mismo objeto de raciocinio: "temer a Dios y guardar sus mandamientos, porque éste es el fin del hombre". El conocimiento está muy bien en su lugar, pero es como flores sin fruto. No nos podemos alimentar de conocimientos, no podemos medrar por nuestros conocimientos. Tal como las hojas de los árboles son muy hermosas, pero constituirían una mala comida, así nosotros estaremos siempre hambrientos y nunca satisfechos si pensamos alimentarnos de conocimientos. El saber muchas cosas no es alimento. Nuestro único alimento es la religión. He aquí, por lo tanto, otra mortificación. Mortificad vuestra ansia de saber. No caigáis en exceso buscando verdades no religiosas. Mortificad vuestra razón.


A fin de probaros, Dios pone ante vosotros cosas que son difíciles de creer. La fe de Santo Tomás fue probada; igualmente la vuestra. El dijo: "Señor mío y Dios mío". Vosotros debéis decir lo mismo. Sujetad vuestro orgulloso entendimiento.


Creed lo que no podéis ver, lo que no podéis comprender, lo que no podéis interpretar, lo que no podéis probar, cuando Dios lo dice.


Finalmente, dominad vuestra voluntad. A todos nosotros nos gusta hacer nuestra propia voluntad; consultemos la voluntad de los demás. Muchas personas están obligadas a hacerlo. Los sirvientes están obligados a hacer la voluntad de sus señores; los trabajadores, la de sus patronos; los niños, la de sus padres, y los maridos la de sus mujeres. Bien; en estos casos dejad que vuestra voluntad siga la de aquéllos que tienen derecho a mandar. No os rebeléis contra ella. Santificad lo que es, después de todo, un acto necesario. Hacedla vuestra en cierto sentido, santificadla y obtened mérito de ello. Y, si sois vuestros propios dueños, estad en guardia para no guiaros demasiado por vuestra propia opinión. Tomad algún sabio consejero o director y obedecedle. Hay personas que protestan de tal obediencia y la denominan de mil maneras despectivas. Hay mucha gente que la necesita. Les haría mucho bien. Dicen que los hombres se convierten en simples máquinas y pierden la dignidad de la naturaleza humana cuando se guían por la palabra de otro. Y me gustaría saber lo que llegarían a ser siguiendo su propia voluntad. Yo apelo a una persona sincera y pregunto si no reconocería que, en general, el mundo sería mucho más feliz, los individuos mucho más felices si no tuvieran una voluntad propia. Por cada persona que ha sido perjudicada por seguir la dirección de otro, cientos de personas se han arruinado guiándose por su propia voluntad. Pero éste es otro tema.


(John Henry Cardenal Newman, Sermones católicos, Ed. Nelbi, Madrid, 1959, p. 126-142