viernes, marzo 22

¿De Nazaret puede haber cosa buena?




Natanael, al no dar crédito a que el Cristo procediese de Nazaret, demostró el respeto y celo que le inspiraban las Sagradas Escrituras. Y al no rechazar la afirmación del que se lo había anunciado, demostró el gran deseo que tenía de ver a Jesucristo, sabiendo que Felipe podía haberse equivocado respecto del lugar. Por esto sigue: "Vio Jesús a Nathanael que venía a buscarle, y dijo de él: he aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño". No convenía reprenderle, aun cuando había pronunciado palabras de duda. Había examinado los profetas más que Felipe y por esto dice: "Verdadero israelita, en quien no hay engaño", porque no decía cosa alguna para adular ni para excitar el odio. Crisóstomo, in Ioannem, hom. 19

Roguemos a San Bartolomé para que nos mantenga despiertos y atentos Y meditando en esa espada de dos filos día y noche, logremos acertar, sin melindres ni falsas caridades -como verdaderos israelitas sin dolo- cuales son los testigos del camino que lleva a la confesión de Nuestro Señor Jesucristo.   





viernes, marzo 15

¿Que diría?

Los hobbits no entendemos de estas cosas.
Incluso si él nos dijera algo capaz que no podríamos entenderlo

Será cuestión de seguir caminando, al final de todas las cosas, veremos.

lunes, marzo 11

Machado machado



Yo amo a Jesús, que nos dijo:
Cielo y tierra pasarán.
Cuando cielo y tierra pasen
mi palabra quedará.
¿Cuál fue, Jesús, tu palabra?
¿Amor? ¿Perdón? ¿Caridad?
Todas tus palabras fueron
una palabra: Velad. 



ANTONIO MACHADO
De “Campos de Castilla”

Madrid, 5-2-09 





Dedicado al Whiskerer, poeta y amigo de machas

miércoles, febrero 13

Khazad-dûm



La figura oscura de estela de fuego corrió hacia ellos.  Los orcos aullaron y se desplomaron sobre las losas que servían como puentes.  Boromir alzó entonces el cuerno y sopló.  El desafío resonó y rugió como el grito de muchas gargantas bajo la bóveda cavernosa.  Los orcos titubearon un momento y la sombra ardiente se detuvo.  En seguida los ecos murieron, como una llama apagada por el soplo de un viento oscuro, y el enemigo avanzó otra vez.

      -¡Por el puente! - gritó Gandalf, recurriendo a todas sus fuerzas ¡Huid!  Es un enemigo que supera todos vuestros poderes.  Yo le cerraré aquí el paso. ¡Huid!

      Aragorn y Boromir hicieron caso omiso de la orden y afirmando los pies en el suelo se quedaron juntos detrás de Gandalf, en el extremo del puente.  Los otros se detuvieron en el umbral del extremo de la sala, y miraron desde allí, incapaces de dejar que Gandalf enfrentara solo al enemigo.

      El Balrog llegó al puente.  Gandalf aguardaba en el medio, apoyándose en la vara que tenía en la mano izquierda; pero en la otra relampagueaba Glamdring, fría y blanca.  El enemigo se detuvo de nuevo, enfrentándolo, y la sombra que lo envolvía se abrió a los lados como dos vastas alas.  En seguida esgrimió el látigo y las colas crujieron y gimieron.  Un fuego le salía de la nariz.  Pero Gandalf no se movió.

      -No puedes pasar -dijo.  Los orcos permanecieron inmóviles y un silencio de muerte cayó alrededor-.  Soy un servidor del Fuego Secreto, que es dueño de la llama de Anor.  No puedes pasar.  El fuego oscuro no te servirá de nada, llama de Udûn. ¡Vuelve a la Sombra!  No puedes pasar.

      El Balrog no respondió.  El fuego pareció extinguirse y la oscuridad creció todavía más.  El Balrog avanzó lentamente y de pronto se enderezó hasta alcanzar una gran estatura, extendiendo las alas de muro a muro; pero Gandalf era todavía visible, como un débil resplandor en las tinieblas; parecía pequeño y completamente solo; gris e inclinado, como un árbol seco poco antes de estallar la tormenta.

      De la sombra brotó llameando una espada roja.

      Glamdring respondió con un resplandor blanco.

      Hubo un sonido de metales que se entrechocaban y una estocada de fuego blanco.  El Balrog cayó de espaldas y la hoja le saltó de la mano en pedazos fundidos. El mago vaciló en el puente, dio un paso atrás y luego se irguió otra vez, inmóvil.

      -¡No puedes pasar! -dijo.

      El Balrog dio un salto y cayó en medio del puente.  El látigo restalló y silbó.

      -¡No podrá resistir solo! -gritó Aragorn de pronto y corrió de vuelta por el puente-. ¡Elendil! -gritó-. ¡Estoy contigo, Gandalf!

      -¡Gondor! -gritó Boromir y saltó detrás de Aragorn.

      En ese momento, Gandalf alzó la vara y dando un grito golpeó el puente ante él.  La vara se quebró en dos y le cayó de la mano.  Una cortina enceguecedora de fuego blanco subió en el aire.  El puente crujió, rompiéndose justo debajo de los pies del Balrog y la piedra que lo sostenía se precipitó al abismo mientras el resto quedaba allí, en equilibrio, estremeciéndose como una lengua de roca que se asoma al vacío.

      Con un grito terrible el Balrog se precipitó hacia adelante; la sombra se hundió y desapareció.  Pero aún mientras caía sacudió el látigo y las colas azotaron y envolvieron las rodillas del mago, arrastrándolo al borde del precipicio.  Gandalf se tambaleó y cayó al suelo, tratando vanamente de asirse a la piedra, deslizándose al abismo.

      -¡Huid, insensatos! -gritó, y desapareció.

     El fuego se extinguió y volvió la oscuridad.  La Compañía estaba como clavada al suelo, mirando el pozo, horrorizada.  En el momento en que Aragorn y Boromir regresaban de prisa, el resto del puente crujió y cayó.  Aragorn llamó a todos con un grito.

      -¡Venid! ¡Yo os guiaré ahora!  Tenemos que obedecer la última orden de Gandalf. ¡Seguidme!

      Subieron atropellándose por las grandes escaleras que estaban más allá de la puerta.  Aragorn delante, Boromir detrás.  Arriba había un pasadizo ancho y habitado de ecos.  Corrieron por allí.  Frodo oyó que Sam lloraba junto a él y en seguida descubrió que él también lloraba y corría.  Bum, bum, bum, resonaban detrás los redobles, ahora lúgubres y lentos.

      Siguieron corriendo.  La luz crecía delante; grandes aberturas traspasaban el techo.  Corrieron más rápido.  Llegaron a una sala con ventanas altas que miraban al este y donde entraba directamente la luz del día.  Cruzaron la sala, pasando por unas puertas grandes y rotas y de pronto se abrieron ante ellos las Grandes Puertas, un arco de luz resplandeciente.

      Había una guardia de orcos que acechaba en la sombra detrás de los montantes a un lado y a otro, pero las puertas mismas estaban rotas y caídas en el suelo. Aragorn abatió al capitán que le cerraba el paso y el resto huyó aterrorizado.  La Compañía pasó de largo, sin prestarles atención.  Ya fuera de las puertas bajaron corriendo los amplios y gastados escalones, el umbral de Moria.

      Así, al fin y contra toda esperanza, estuvieron otra vez bajo el cielo y sintieron el viento en las caras.

      No se detuvieron hasta encontrarse fuera del alcance de las flechas que venían de los muros.  El Valle del Arroyo Sombrío se extendía alrededor.  La sombra de las Montañas Nubladas caía en el valle, pero hacia el este había una luz dorada sobre la tierra.  No había pasado una hora desde el mediodía.  El sol brillaba; la luz era alta y blanca.


      Miraron atrás.  Las puertas oscuras bostezaban a la sombra de la montaña.  Los lentos redobles subterráneos resonaban lejanos y débiles. Bum.  Un tenue humo negro salía arrastrándose.  No se veía nada más; el valle estaba vacío.  Bum.  La pena los dominó a todos al fin y lloraron: algunos de pie y en silencio, otros caídos en tierra.  Bum, bum.  El redoble se apagó.



jueves, enero 10

Año de la Fe: Encrucijada y Remedio.

"Exige una fantástica voluntad de incredulidad suponer que Jesús nunca realmente «tuvo lugar», y más todavía suponer que nunca dijo las cosas que de Él se han registrado (tan incapaz era nadie en el mundo de aquella época de «inventarlas»): tales como «antes de que Abraham existiera Yo soy» (Juan VIII);«El que me ha visto, ha visto al Padre» (Juan IX); o la promulgación del Santísimo Sacramento en Juan VI: «El que ha comido mi carne y bebido mi sangre tiene vida eterna»."

"Por tanto, o bien debemos creer en Él y en lo que dijo y atenernos a las consecuencias, o rechazarlo y atenernos a las consecuencias. Me es difícil creer que nadie que haya tomado la Comunión, aun una vez, cuando menos con la intención correcta, pueda nunca volver a rechazarle sin grave culpa. (Sin embargo, sólo Él conoce cada una de las almas singulares y sus circunstancias)."






"La única cura para el debilitamiento de la fe es la Comunión. Aunque siempre es Él Mismo, perfecto y completo e inviolable, el Santísimo Sacramento no opera del todo y de una vez en ninguno de nosotros. Como el acto de Fe, debe ser continuo y acrecentarse por el ejercicio. La frecuencia tiene los más altos efectos. Siete veces a la semana resulta más nutritivo que siete veces con intervalos...
A mí me convence el derecho de Pedro, y mirando el mundo a nuestro alrededor no parece haber muchas dudas (si el Cristianismo es verdad) acerca de cuál sea la Verdadera Iglesia, el templo del Espíritu, agónico pero vivo, corrupto pero sagrado, autorreformado y reestablecido."

"Pero para mí esa Iglesia, de la cual el Papa es la cabeza reconocida sobre la tierra, tiene como principal reclamo el que sea la que siempre ha defendido (y defiende todavía) el Santísimo Sacramento, lo ha venerado en grado sumo y lo ha puesto (como Cristo evidentemente lo quiso) en primer lugar. Lo último que encomendó a san Pedro fue «alimenta a mis ovejas»; y como Sus palabras deben siempre entenderse literalmente, supongo que se refieren en primer término al Pan de la Vida. Fue en contra de esto que se lanzó la revolución del Oeste de Europa (o Reforma) -«la blasfema fábula de la Misa»- y la oposición entre las obras y la fe, un mero falso indicio..."



"...Pero me enamoré del Santísimo Sacramento desde un principio...pero, ¡ay!, no he vivido a su altura. Ahora rezo por vosotros todos, sin descanso, para que el Curador (el Haelend, como el Salvador era por lo general llamado en el inglés antiguo) corrija mis defectos y ninguno de vostros deje de nunca exclamar: Benedictus qui venit in nómine Dómini!”

Es una carta de J.R.R. Tolkien a su hijo Michael, 1 de Noviembre de 1963(cfr. J.R.R.Tolkien Cartas, selección de Humphrey Carpenter; carta 250, pp. 393-96. Minotauro, Barcelona 1993).

miércoles, noviembre 28

Bienaventurados demócratas

Preocupados por la opinión de los fieles se realizó una encuesta en la parroquia de la Catedral de San Isidro.

Con esa autonomía y cierta autosuficiencia que caracteriza a los sanisidrenses, alguien les preguntó "Qué quiero o espero de mi comunidad y de la Iglesia"

Por supuesto que esto se hizo al presentar los resultados del informe sobre la realidad parroquial

Así vemos cómo se podía optar entre


Alguien más entendido que yo en cómo se hace una encuesta, -o qué es lo que hay que preguntar en una encuesta para hacer decir a la gente lo que se quiere-, podría poner blanco sobre negro al respecto.

Yo no tengo idea

Quizás Monseñor Ojea nos pueda enseñar para qué sirve todo esto, pues como dice el Concilio Vaticano II en decreto CHRISTUS DOMINUS

Cada uno de los Obispos a los que se ha confiado el cuidado de cada Iglesia particular, bajo la autoridad del Sumo Pontífice, como sus pastores propios, ordinarios e inmediatos, apacienten sus ovejas en el Nombre del Señor, desarrollando en ellas su oficio de enseñar, de santificar y de regir.



Más allá de las proposiciones vagas, indeterminadas y necesitadas de interpretación ¿cómo es posible que se pregunte a los fieles de una parroquia católica si espera de su iglesia:que sea Ortodoxa, que respete las tradiciones?

¿Cómo es posible que 14 de las 1160 respuestas hayan pedido una iglesia que respete las tradiciones?

Esto hay que arreglarlo pronto. Hay un germen intolerable de integrismo en esa comunidad.

Propongo que el columnista de la revista parroquial "Bienaventurados" Jocha Castro Videla se ponga a trabajar al respecto.


Seamos realistas, soñemos lo imposible. ¡A cambiar paradigmas!

lunes, noviembre 12

Gula frugal


Mi querido Orugario

El tono despectivo en que te refieres, en tu última carta, a la gula, como medio de capturar almas, no revela sino tu ignorancia.
Uno de los grandes logros de los últimos cien años ha sido amortiguar la conciencia humana en lo referente a esa cuestión, de tal forma que difícilmente podrás encontrar ahora un sermón pronunciado en contra de ella, o una conciencia preocupada por ella, a todo lo ancho y largo de Europa.

Esto se ha llevado a efecto, en gran parte, concentrando nuestras fuerzas en la promoción de la gula por exquisitez, no en la gula del exceso.

La madre de tu paciente, según sé por el dossier y tú podrías saber por Gluboso, es un buen ejemplo. Se quedaría perpleja -un día, espero, se quedará perpleja- si supiese que toda su vida ha estado esclavizada por este tipo de sensualidad, que le resulta perfectamente imperceptible por el hecho de que las cantidades en cuestión son pequeñas.

Pero, ¿Qué importan las cantidades con tal de que podamos servimos del estómago y del paladar humano para provocar quejumbrosidad, impaciencia, dureza y egocentrismo? 
Gluboso tiene bien atrapada a esta anciana.

Esta señora es una verdadera pesadilla para las anfitrionas y los criados.

Siempre está rechazando lo que le han ofrecido, diciendo, con un suspiro y una sonrisa coqueta: "Oh, por favor, por favor... todo lo que quiero es una tacita de té, flojo pero no demasiado, y un pedacito chiquitín de pan tostado verdaderamente crujiente".

¿Te das cuenta? Puesto que lo que quieres más pequeño y menos caro que lo que le han puesto delante, nunca reconoce como gula su afán de conseguir lo que quiere, por molesto que pueda resultarles a los demás. Al tiempo que satisface su apetito, cree estar practicando la templanza.
En un restaurante lleno de gente, da un gritito ante el plato que una camarera agobiada de trabajo le acaba de servir, y dice: "¡Oh, eso es mucho, demasiado! lléveselo, y tráigame algo así como la cuarta parte".

Si se le pidiese una explicación, diría que lo hace para no desperdiciar; en realidad, lo hace porque el tipo particular de exquisitez a la que la hemos esclavizado no soporta la visión de más comida que la que en ese momento le apetece.

El auténtico valor del trabajo callado y disimulado que Gluboso ha llevado a cabo, durante años, con esta vieja, puede medirse por la fuerza con que su estómago domina ahora toda su vida. 

Ella se encuentra en un estado de ánimo que puede representarse por la frase "todo lo que quiero".

Todo lo que quiere es una tacita de té hecho como es debido, o un huevo correctamente pasado por agua, o una rebanada de pan adecuadamente tostada; pero nunca encuentra ningún criado ni amigo que pueda hacer estas cosas tan sencillas "como es debido", porque su "como es debido" oculta una exigencia insaciable de los exactos y casi imposibles placeres del paladar que cree recordar del pasado, un pasado que ella describe como "los tiempos en que podía conseguirse un buen servicio", pero que nosotros sabemos que son los tiempos en que sus sentidos eran más fácilmente complacidos y en los que otra clase de placeres la hacían menos dependiente de los de la mesa.

Entretanto, la frustración cotidiana produce un cotidiano mal humor: las cocineras se despiden y las amistades se enfrían.


C.S. Lewis "Cartas del Diablo a su Sobrino"