jueves, julio 31

Guarda lo que tienes


Cuando sople el hálito negro

y crezca la sombra de la muerte,

y todas las luces se extingan,

¡ven athelas, ven athelas!

¡En la mano del rey

da vida al moribundo!


Parece que así cantaban algunos en Gondor antes de la llegada de Aragorn, el Rey exiliado.


Hubo una terrible batalla, a las puertas de la ciudad, y desde allí el Rey, todavía oculto, entró sin darse a conocer .


Son tres los personajes que Aragorn cura con ayuda de la flor de los reyes.

Son tres diferentes males que repliega. Aunque iguales.


Las athelas en manos del Rey los curan a todos pero cada uno “revive” de manera distinta.


Pero mejor que lo cuente Tolkien...




Aragorn visitó en primer lugar a Faramir, luego a la Dama Eowyn, y por último a Merry.

Cuando hubo observado los rostros de los enfermos y examinado las heridas, suspiró.


--Tendré que recurrir a todo mi poder y mi habilidad --dijo--. Ojalá estuviese aquí Elrond: es el más anciano de toda nuestra raza, y el de poderes más altos.


Y Eomer, viéndolo fatigado y triste, le dijo:


--¿No sería mejor que antes descansaras, que comieras siquiera un bocado?

Pero Aragorn le respondió:


--No, porque para estos tres, y más aún para Faramir, el tiempo apremia. Hay que actuar ahora mismo. Llamó entonces a Ioreth y le dijo:


--¿Tenéis en esta casa reservas de hierbas curativas?


--Sí, señor --respondió la mujer--; aunque no en cantidad suficiente, me temo, para tantos como van a necesitarlas. Pero sé que no podríamos conseguir más; pues todo anda atravesado en estos días terribles, con fuego e incendios, y tan pocos jóvenes para llevar recados, y barricadas en todos los caminos. ¡Si hasta hemos perdido la cuenta de cuándo llegó de Lossarnach la última carga para el mercado! Pero en esta casa aprovechamos bien lo que tenemos, como sin duda sabe vuestra Señoría.


--Eso podré juzgarlo cuando lo haya visto --dijo Aragorn--. Otra cosa también escasea por aquí: el tiempo para charlar. ¿Tenéis athelas?


--Eso no lo sé con certeza, señor --respondió Ioreth--, o al menos no la conozco por ese nombre. Iré a preguntárselo al herborista; él conoce bien todos los nombres antiguos.


--También la llaman hojas de reyes dijo Aragorn, y quizá tú la conozcas con ese nombre; así la llaman ahora los campesinos.


-- ¡Ah, ésa! --dijo Ioreth--. Bueno, si vuestra Señoría hubiera empezado por ahí, yo le habría respondido. No, no hay, estoy segura. Y nunca supe que tuviera grandes virtudes; cuántas veces les habré dicho a mis hermanas, cuando la encontrábamos en los bosques: «Hojas de reyes» decía, «qué nombre tan extraño, quién sabe por qué la llamarán así; porque si yo fuera rey, tendría en mi jardín plantas más coloridas». Sin embargo, da una fragancia dulce cuando se la machaca, ¿no es verdad? Aunque tal vez dulce no sea la palabra: saludable sería quizá más apropiado.


Saludable en verdad --dijo Aragorn -- . Y ahora, mujer, si amas al Señor Faramir, corre tan rápido como tu lengua y consígueme hojas de reyes, aunque sean las últimas que queden en la ciudad.


-- Y si no queda ninguna --dijo Gandalf-- yo mismo cabalgaré hasta Lossarnach llevando a Ioreth en la grupa, y ella me conducirá a los bosques, pero no a ver a sus hermanas. Y Sombragris le enseñará entonces lo que es la rapidez.


Cuando Ioreth se hubo marchado, Aragorn pidió a las otras mujeres que calentaran agua. Tomó entonces en una mano la mano de Faramir, y apoyó la otra sobre la frente del enfermo. Estaba empapada de sudor; pero Faramir no se movió ni dio señales de vida, y apenas parecía respirar.


--Está casi agotado --dijo Aragorn volviéndose a Gandalf--. Pero no a causa de la herida. ¡Mira, está cicatrizando! Si lo hubiera alcanzado un dardo de los Nazgül, como tú pensabas, habría muerto esa misma noche. Esta herida viene de alguna flecha sureña, diría yo. ¿Quién se la extrajo? ¿La habéis conservado?


--Yo se la extraje --dijo Imrahil --. Y le restañé la herida. Pero no guardé la flecha, pues estábamos muy ocupados. Recuerdo que era un dardo común de los Hombres del Sur. Sin embargo, pensé que venía de la Sombra de allá arriba, pues de otro modo no podía explicarme la enfermedad y la fiebre, ya que la herida no era ni profunda ni mortal. ¿Qué explicación le das tú?


-- Agotamiento, pena por el estado del padre, una herida, y ante todo el Hálito Negro –dijo Aragorn--. Es un hombre de mucha voluntad, pues ya antes de combatir en los muros exteriores había estado bastante cerca de la Sombra. La oscuridad ha de haber entrado en él lentamente, mientras combatía y luchaba por mantenerse en su puesto de avanzada. ¡Ojalá yo hubiera podido acudir antes!


En aquel momento entró el herborista.

--Vuestra Señoría ha pedido hojas de reyes como la llaman los rústicos --dijo -- , o athelas, en el lenguaje de los nobles, o para quienes conocen algo del valinoreano...


-- Yo lo conozco --dijo Aragorn -- , y me da lo mismo que la llames hojas de reyes o asea aranion, con tal que tengas algunas.


-- ¡Os pido perdón, señor! --dijo el hombre -- . Veo que sois versado en la tradición, y no un simple capitán de guerra. Por desgracia, señor, no tenemos de estas hierbas en las Casas de Curación, donde sólo atendemos heridos o enfermos graves. Pues no les conocemos ninguna virtud particular, excepto tal vez la de purificar un aire viciado, o la de aliviar una pesadez pasajera.

A menos, naturalmente, que uno preste oídos a las viejas coplas que las mujeres como la buena de Ioreth repiten todavía sin entender.


Cuando sople el hálito negro

y crezca la sombra de la muerte,

y todas las luces se extingan,

¡ven athelas, ven athelas!

¡En la mano del rey

da vida al moribundo!


»No es más que una copla, temo, guardada en la memoria de las viejas comadres.


Dejo a vuestro juicio la interpretación del significado, si en verdad tiene alguno. Sin embargo, los viejos toman aún hoy una infusión de esta hierba para combatir el dolor de cabeza.


--¡Entonces en nombre del rey, ve y busca algún viejo menos erudito y más sensato que tenga un poco en su casa! --gritó Gandalf.


Arrodillándose junto a la cabecera de Faramir, Aragorn le puso una mano sobre la frente. Y todos los que miraban sintieron que allí se estaba librando una lucha. Pues el rostro de Aragorn se iba volviendo gris de cansancio y de tanto en tanto llamaba a Faramir por su nombre, pero con una voz cada vez más débil, como si él mismo estuviese alejándose, y caminara en un valle remoto y sombrío, llamando a un amigo extraviado.


Por fin llegó Bergil a la carrera; traía seis hojuelas envueltas en un trozo de lienzo.


Hojas de reyes, señor --dijo, pero no son frescas, me temo. Las habrán recogido hace unas dos semanas. Ojalá puedan servir, señor. Y luego, mirando a Faramir, se echó a llorar. Aragorn le sonrió.


Servirán le dijo--. Ya ha pasado lo peor. ¡Serénate y descansa!


--En seguida tomó dos hojuelas, las puso en el hueco de las manos, y luego de calentarlas con el aliento, las trituró; y una frescura vivificante llenó la estancia, como si el aire mismo despertase, zumbando y chisporroteando de alegría. Todos los corazones se sintieron aliviados. Pues aquella fragancia que lo impregnaba todo era como el recuerdo de una mañana de rocío, a la luz de un sol sin nubes, en una tierra en la que el mundo hermoso de la primavera es apenas una imagen fugitiva. Aragorn se puso de pie, como reanimado, y los ojos le sonrieron mientras sostenía un tazón delante del rostro dormido de Faramir.

¡Vaya, vaya! ¡Quién lo hubiera creído! le dijo Ioreth a una mujer que tenía al lado--. Esta hierba es mejor de lo que yo pensaba. Me recuerda las rosas de Imloth Melui, cuando yo era niña, y ningún rey soñaba con tener una flor más bella.

De pronto Faramir se movió, abrió los ojos, y miró largamente a Aragorn, que estaba inclinado sobre él; y una luz de reconocimiento y de amor se le encendió en la mirada, y habló en voz baja.


--Me has llamado, mi Señor. He venido. ¿Qué ordena mi rey?

--No sigas caminando en las sombras, ¡despierta! --dijo Aragorn--. Estás fatigado. Descansa un rato, y come, así estarás preparado cuando yo regrese.

--Estaré, Señor --dijo Faramir--. ¿Quién se quedaría acostado y ocioso cuando ha retornado el rey?

--Adiós entonces, por ahora --dijo Aragorn--. He de ver a otros que también me necesitan.


Y salió de la estancia seguido por Gandalf e Imrahil; pero Beregond y su hijo se quedaron, y no podían contener tanta alegría. Mientras seguía a Gandalf y cerraba la puerta, Pippin oyó la voz de Ioreth.


--¡El rey! ¿Lo habéis oído? ¿Qué dije yo? Las manos de un curador, eso dije.

Y pronto la noticia de que el rey se encontraba en verdad entre ellos, y que luego de la guerra traía la curación, salió de la Casa y corrió por toda la ciudad.


Pero Aragorn fue a la estancia donde yacía Eowyn, y dijo:


--Aquí se trata de una herida grave y de un golpe duro. El brazo roto ha sido atendido con habilidad y sanará con el tiempo, si ella tiene fuerzas para sobrevivir; es el que sostenía el escudo. Pero el mal mayor está en el brazo que esgrimía la espada: parece no tener vida, aunque no está quebrado.


«Desgraciadamente, enfrentó a un adversario superior a sus fuerzas, físicas y mentales. Y quien se atreva a levantar un arma contra un enemigo semejante necesita ser más duro que el acero, pues de lo contrario caerá destruido por el golpe mismo. Fue un destino nefasto el que la llevó a él. Pues es una doncella hermosa, la dama más hermosa de una estirpe de reinas. Y sin embargo, no encuentro palabras para hablar de ella. Cuando la vi por primera vez y adiviné su profunda tristeza, me pareció estar contemplando una flor blanca, orgullosa y enhiesta, delicada como un lirio; y sin embargo supe que era inflexible, como forjada en duro acero en las fraguas de los elfos. ¿O acaso una escarcha le había helado ya la savia, y por eso era así, dulce y amarga a la vez, hermosa aún pero ya herida, destinada a caer y morir? El mal empezó mucho antes de este día, ¿no es verdad, Eomer?


--Me asombra que tú me lo preguntes, señor --respondió Eomer--. Porque en este asunto, como en todo lo demás, te considero libre de culpas; mas nunca supe que frío alguno haya herido a Eowyn, mi hermana, hasta el día en que posó los ojos en ti por vez primera. Angustias y miedos sufría, y los compartió conmigo, en los tiempos de Lengua de Serpiente y del hechizo del rey; de quien cuidaba con un temor siempre mayor. ¡Pero eso no la puso así!


--Amigo mío --dijo Gandalf--, tú tenías tus caballos, tus hazañas de guerra, y el campo libre; pero ella, nacida en el cuerpo de una doncella, tenía un espíritu y un coraje que no eran menores que los tuyos. Y sin embargo se veía condenada a cuidar de un anciano, a quien amaba como a un padre, y a ver cómo se hundía en una chochez mezquina y deshonrosa; y este papel le parecía más innoble que el del bastón en que el rey se apoyaba.»

Aragorn dijo:

--También yo vi lo que tú viste, Eomer. Pocos dolores entre los infortunios de este mundo amargan y avergüenzan tanto a un hombre como ver el amor de una dama tan hermosa y valiente y no poder corresponderle. La tristeza y la piedad no se han separado de mí ni un solo instante desde que la dejé, desesperada en el Sagrario, y cabalgué a los Senderos de los Muertos; y a lo largo de ese camino, ningún temor estuvo en mí tan presente como el temor de lo que a ella pudiera pasarle. Y sin embargo, Eomer, puedo decirte que a ti te ama con un amor más verdadero que a mí: porque a ti te ama y te conoce; pero de mí sólo ama una sombra y una idea: una esperanza de gloria y de grandes hazañas, y de tierras muy distantes de las llanuras de Rohan.»


Tal vez yo tenga el poder de curarle el cuerpo, y de traerla del valle de las sombras. Pero si habrá de despertar a la esperanza, al olvido o a la desesperación, no lo sé. Y si despierta a la desesperación, entonces morirá, a menos que aparezca otra cura que yo no conozco. Pues las hazañas de Eowyn la han puesto entre las reinas de gran renombre.


Aragorn se inclinó y observó el rostro de Eowyn; y parecía en verdad blanco como un lirio, frío como la escarcha y duro como tallado en piedra. Y encorvándose, le besó la frente, y la llamó en voz baja, diciendo:


--¡Eowyn, hija de Eomund, despierta! Tu enemigo ha partido para siempre.


Eowyn no hizo movimiento alguno, pero empezó a respirar otra vez profundamente, y el pecho le subió y bajó debajo de la sábana de lino. Una vez más Aragorn trituró dos hojas de athelas y las echó en el agua humeante; y mojo con ella la frente de Eowyn y el brazo derecho que yacía frío y exánime sobre el cobertor.

Entonces, sea porque Aragorn poseyera en verdad algún olvidado poder del Oesternesse, o acaso por el simple influjo de las palabras que dedicara a la Dama Eowyn, a medida que el aroma suave de la hierba se expandía en la habitación todos los presentes tuvieron la impresión de que un viento vivo entraba por la ventana, no un aire perfumado, sino un aire fresco y límpido y joven, como si ninguna criatura viviente lo hubiera respirado antes, y llegara recién nacido desde montañas nevadas bajo una bóveda de estrellas, o desde playas de plata bañadas allá lejos por océanos de espuma.


--¡Despierta, Eowyn, Dama de Rohan! repitió Aragorn, y cuando le tomó la mano derecha sintió que el calor de la vida retornaba a ella.


--¡Despierta! ¡La sombra ha partido para siempre, y las tinieblas se han disipado! Puso la mano de Eowyn en la de Eomer y se apartó del lecho.-- ¡Llámala! --dijo, y salió en silencio de la estancia.


-- ¡Eowyn, Eowyn! --clamó Eomer en medio de las lágrimas.

Y ella abrió los ojos y dijo:


--¡Eomer! ¿Qué dicha es ésta? Me decían que estabas muerto. Pero no, eran las voces lúgubres de mi sueño. ¿Cuánto tiempo he estado soñando?

--No mucho, hermana mía --respondió Eomer--. ¡Pero no pienses más en eso!

--Siento un cansancio extraño --dijo ella--. Necesito reposo. Pero dime ¿qué ha sido del Señor de la Marca? ¡ Ay de mí! No me digas que también eso fue un sueño, porque sé que no lo fue. Ha muerto, tal como él lo había presagiado.

--Ha muerto, sí --dijo Eomer--, pero rogándome que le trajera un saludo de adiós a Eowyn, más amada que una hija. Yace ahora en la Ciudadela de Gondor con todos los honores.


--Es doloroso, todo esto --dijo ella. Y sin embargo, es mucho mejor que todo cuanto yo me atrevía a esperar en aquellos días sombríos, cuando la dignidad de la Casa de Eorl amenazaba caer más bajo que el refugio de un pastor. ¿Y qué ha sido del escudero del rey, el Mediano? ¡Eomer, tendrás que hacer de él un Caballero de la Marca, porque es un valiente!


--Reposa cerca de aquí en esta casa, y ahora iré a asistirlo --dijo Gandalf. Eomer se quedará contigo. Pero no hables de guerra e infortunios hasta que te hayas recobrado. ¡Grande es la alegría de verte despertar de nuevo a la salud y a la esperanza, valerosa dama!


--¿A la salud? --dijo Eowyn--. Tal vez. Al menos mientras quede vacía la silla de un jinete caído, y yo la pueda montar, y haya hazañas que cumplir. ¿Pero a la esperanza? No sé


Cuando Gandalf y Pippin entraron en la habitación de Merry, ya Aragorn estaba de pie junto al lecho.


--¡Pobre viejo Merry! exclamó Pippin, corriendo hasta la cabecera; tenía la impresión de que su amigo había empeorado, que tenía el semblante ceniciento, como si soportara el peso de largos años de dolor; de pronto tuvo miedo de que pudiera morir.


--No temas le dijo Aragorn. He llegado a tiempo, he podido llamarlo. Ahora está extenuado, y dolorido, y ha sufrido un daño semejante al de la Dama Eowyn, por haber golpeado también él a ese ser nefasto. Pero son males fáciles de reparar, tan fuerte y alegre es el espíritu de tu amigo. El dolor, no lo olvidará; pero no le oscurecerá el corazón, y le dará sabiduría. Y posando la mano sobre la cabeza de Merry, le acarició los rizos castaños, le rozó los párpados, y lo llamó. Y cuando la fragancia del athelas inundó la habitación, como el perfume de los huertos y de los brezales a la luz del sol colmada de abejas, Merry abrió de pronto los ojos y dijo:


--Tengo hambre. ¿Qué hora es?


--La hora de la cena ya pasada dijo Pippin; sin embargo, creo que podría traerte algo, si me lo permiten.


--Te lo permitirán, sin duda --dijo Gandalf--. Y cualquier otra cosa que este Jinete de Rohan pueda desear, si se la encuentra en Minas Tirith, donde su nombre es altamente honrado.


--¡Bravo! --dijo Merry--. Entonces, ante todo quisiera cenar, y luego fumarme una pipa.


Y al decir esto una nube le ensombreció la cara.


-- No, no quiero ninguna pipa. No creo que vuelva a fumar nunca más.


--¿Por qué no? --preguntó Pippin.


--Bueno respondió lentamente Merry. El está muerto. Y al pensar en fumarme una pipa, todo me ha vuelto a la memoria. Me dijo que ya nunca más podría cumplir su promesa de aprender de mí los secretos de la hierba. Fueron casi sus últimas palabras. Nunca más podré volver a fumar sin pensar en él,
y en ese día, Pippin, cuando cabalgábamos rumbo a Isengard, y se mostró tan cortés.


-- ¡Fuma entonces, y piensa en él! --dijo Aragorn. Porque tenía un corazón bondadoso y era un gran rey, leal a todas sus promesas; y se levantó desde las sombras a una última y hermosa mañana.

Aunque le serviste poco tiempo, es un recuerdo que guardarás con felicidad y orgullo hasta el fin de tus días.

Merry sonrió.


--En ese caso, está bien dijo, y si Trancos me da de todo lo necesario, fumaré y pensaré. Traía en mi equipaje un poco del mejor tabaco de Saruman, pero qué habrá sido de él en la batalla, no lo sé, por cierto.


--Maese Meriadoc dijo Aragorn, si supones que he cabalgado a través de las montañas y del reino de Góndor a sangre y a fuego para venir a traerle hierba a un soldado distraído que pierde sus avíos, estás muy equivocado. Si nadie ha hallado tu paquete, tendrás que mandar en busca del herborista de esta Casa. Y él te dirá que ignoraba que la hierba que deseas tuviera virtud alguna, pero que el vulgo la conoce como tabaco occidental, y que los nobles la llaman galena, y tiene otros nombres en lenguas más cultas; y luego de recitarte unos versos casi olvidados que ni él mismo entiende, lamentará decirte que no la hay en la casa, y te dejará cavilando sobre la historia de las lenguas.

Que es lo que ahora haré yo. Porque no he dormido en una cama como ésta desde que partí del Sagrario, ni he probado bocado desde la oscuridad que precedió al alba.


Merry tomó la mano de Aragorn y la besó.

5 comentarios:

Mary Lennox dijo...

Muy lindo fragmento! se aniamria a comentar cuales son cada uno de esos males?
Un cariño grande

Descencencia de Ioreth dijo...

Agradezco el comentario, aunque poco sea mi mérito.
Solo soy un capataz en los almacenes reales, como lo fuera nuestra querida Ioreth.
Como tal, lo que me propone, excede largamente mis posibilidades.

Anónimo dijo...

muy buen texto

Cruz y Fierro dijo...

Excelente el blog. Lo terminé de leer hoy (de atrás p'adelante). Este post me hizo acordar de algo que escribí hace un tiempo: http://cruz-y-fierro.blogspot.com/2008/02/demasiado-progre-para-entender.html. In Dómino!

Descencencia de Ioreth dijo...

Estimado Cruz y Fierro:
Agradezco la lectura y su comentario.
Muchas de las cosas que me gustaría guardar en este almacén ya están a buen resguardo en el suyo (al que recurro diariamente).
Plegarias mutuas.