jueves, octubre 23

Matrimonios convenientes


A través del Zenit me llegó una entrevista al autor del libro "Noviazgo: ¿seguros? Ideas para acertar"


Según dice el entrevistado, “el libro no ofrece recetas, sino testimonios e ideas que iluminan para decidir bien sobre el amor”.


Las “ideas” sobre “la importancia de acertar en la elección”, las “pistas” para crecer en la "inteligencia emocional" o la tajante afirmación: "Lo que decidas que sea tu noviazgo será tu futuro matrimonio" me dejaron algo perplejo.


No entiendo muy bien que está diciendo cuando afirma


“Si se cultivan los pasos del noviazgo, el éxito del matrimonio, de algún modo, está garantizado por ese aprendizaje en el amor”.


o que


“cuando se hayan conocido lo suficiente como para saber que por su compatibilidad de caracteres, valores, y proyecto de matrimonio, ese amor proyectado en el futuro será un matrimonio de verdad”.


Pero mucho menos entiendo cuando el padre Rafael Hernández Urigüen suelta que en su libro


“Hay referencias valiosas para evitar el machismo cultural y conseguir que el hombre respete a la mujer desde su primera infancia valorando lo que Juan Pablo II denominó "genio femenino"”.


Todo esto me huele a algo que vi hace un tiempo y que ironiza sobre la parte del noviazgo que mas le preocupa al padre: las relaciones prematrimoniales.


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Pero mejor que hablar, cosa impropia para este almacenero, es oír a un padre sabio que habla con su hijo sobre estas cosas.


"La esencia de un mundo caído consiste en que lo mejor no puede obtenerse mediante el libre gozo o mediante lo que se llama “autorrealización” (por lo feneral, un bonito nombre con que se designa la autocomplacencia, por completo enemiga de la realización de otros “autos”), sino mediante la negación y el sufrimiento. La fidelidad en el matrimonio cristiano implica una gran mortificación. Para el hombre cristiano no hay escape".


"El matrimonio puede contribuir a santificar y dirigir los deseos sexuales a su objetivo adecuado; su gracia puede ayudarlo en la lucha; pero la lucha persiste. No lo satisfará, del mismo modo que el hambre puede mantenerse alejada mediante comidas regulares. Ofrecerá tantas dificultades para la pureza propia de ese estado, como procura alivios. No hay hombre, por fielmente que haya amado a su prometida y novia cuando joven, que le haya sido fiel ya convertida en su esposa en cuerpo y alma sin un ejercicio deliberadamente consciente de la voluntad, sin autonegación".


"A muy pocos se les advierte eso, aun a los que han sido “criados en la Iglesia”. Los que están fuera de ella rara vez parecen haberlo escuchado. Cuando el hechizo desaparece o solo se vuelve ligero, piensan que han cometido un error y que no han encontrado todavía la verdadera compañera del alma. Con demasiada frecuencia la verdadera compañera del alma es la primera mujer sexualmente atractiva que se presenta. Alguien con quien podrían casarse muy provechosamente con que sólo… de ahí el divorcio, que procura ese “con que solo”. Y por supuesto, por lo general tienen razón: han cometido un error".


¡Sólo un hombre muy sabio al final de su vida podría decidir atinadamente con quién podría haberse casado con más provecho entre el total de oportunidades posibles!


"Casi todos los matrimonios, aun los felices, son errores: en el sentido de que casi con toda certeza (en un mundo mas perfecto e incluso con un poco mas de cuidado, en este tan imperfecto) ambos cónyuges podrían haber encontrado compañeros mas adecuados. Pero el verdadero “compañero del alma” es aquél con el que se está casado de hecho".


"Es muy poco lo que escoge uno mismo: la vida y las circunstancias lo hacen casi todo (aunque si hay un Dios, éstas deben ser Sus instrumentos o Sus apariciones)"


En el amor a primera vista tenemos un atisbo, supongo, del matrimonio tal como habría sido en un mundo que no hubiera caído. En este tenemos como únicas guías la prudencia, la sabiduría (rara en la juventud, demasiado tardía en la vejez), la limpieza de corazón y la fidelidad de la voluntad".


Fragmento de una carta de JRR Tolkien a su hijo Michael, CARTAS, nº 43. Ed. Minotauro.



miércoles, octubre 22

Ibéricos para la crisis


¿Que puedo saber yo parado en el fin del mundo, al fin del tiempo, al final de todas las cosas, sobre soluciones a crisis financieras?.

Dicen que ésta se parece a la del 30.

¡Qué linda época en la que todavía se podía hacer algo mas que guardar!

Y sin embargo... no se pudo hacer nada.


Nuestra modesta economía está recargada con el sostenimiento de una masa parasitaria insoportable: banqueros que se enriquecen prestando a interés caro el dinero de los demás; propietarios de grandes fincas, que sin amor ni esfuerzo, cobran rentas enormes por alquilarlas; consejeros de grandes compañías diez veces mejor retribuidos que quienes con su esfuerzo las sacan adelante; portadores de acciones liberadas a quienes las más de las veces se retribuye a perpetuidad por servicios de intriga; usureros, agiotistas y correveidiles. Para que esta gruesa capa de ociosos se sostenga, sin añadir el más pequeño fruto al esfuerzo de los otros, empresarios, industriales, comerciantes, labradores, pescadores, intelectuales, artesanos y obreros, agotados en un trabajo sin ilusión, tienen que sustraer raspaduras a sus parvos medios de existencia. Así, el nivel de vida de todas las clases productoras españolas, de la clase media y de las clases populares, es desconsoladoramente bajo; para España es un problema el exceso de sus propios productos, porque el pueblo español, esquilmado, apenas consume. He aquí una grande y bella tarea para quienes de veras considerasen a la patria como un quehacer: aligerar su vida económica de la ventosa capitalista, llamada irremediablemente a estallar en comunismo; verter el acervo de beneficios que el capitalismo parasitario absorbe en la viva red de los productores auténticos, ello nutriría la pequeña propiedad privada, libertaría de veras al individuo, que no es libre cuando está hambriento y llenaría de sustancia económica las unidades orgánicas verdaderas: la familia, el Municipio, con su patrimonio comunal rehecho, y el Sindicato, no simple representante de quienes tienen que arrendar su trabajo como una mercancía, sino beneficiario del producto conseguido por el esfuerzo de quienes lo integran. Para esto hacen falta dos cosas: una reforma crediticia, tránsito hacia la nacionalización del servicio de crédito, y una reforma agraria que delimite las áreas cultivables y las unidades económicas de cultivo, instale sobre ellas al pueblo labrador revolucionariamente y devuelva al bosque y a la ganadería las tierras ineptas para la siembra que hoy arañan multitudes de infelices condenados a perpetua hambre.


José Antonio Primo de Rivera. Madrid, 12 de enero de 1936



Es hoy el día siguiente al de la catástrofe del dólar, estamos a poco más de un año de la caída de la libra, y probablemente en vísperas del desmoronamiento de casi todo lo que aún aparenta estar en pie.

Vemos cómo se quiebran, unas tras otras, las orgullosas construcciones económicas de nuestro tiempo: la política de los cartels poderosos, la política de los trusts formidables, la política de los salarios altos, la política de la sobreproducción, la política del crédito superabundante, la política de las valoraciones artificiales, la política de los grandes gastos públicos, la política de los consumos excesivos, la política de los nacionalismos exclusivistas, la política del Estado policía que no hace nada, y la política del Estado productor que pretende hacerlo todo.

En todos los climas y en todos los continentes, las medidas más opuestas, las orientaciones más encontradas, producen sólo ruinas; en las finanzas públicas, en el crédito, en los capitales, en la propiedad, en los salarios, en el mundo del trabajo se amontonan los escombros en una devastación sin igual.

El momento económico y social no puede estar más perturbado, ni puede ser más oscuro.

¿Y precisamente cuando aún no se adivina la luz que ha de alumbrar los tiempos nuevos, es cuando los hombres del gobierno van a lanzar en el proyecto de Constitución las grandes líneas de la construcción futura?

Muchos lo juzgarán osado; no pocos lo creerán, al menos, prematuro. Pues bien, yo que en los momentos de alucinación colectiva temo más a los remedios que a los males, creo que es éste el momento oportuno de trazar en esta pequeña casa portuguesa, cuyos intereses a nadie importarán en el mundo más que a nosotros, las grandes líneas directivas de su gobierno, los principios fundamentales de su estructura económica, el espíritu, por así decir, de su actividad y de su trabajo.

Una cosa son los síntomas que pueden desaparecer, y otra la dolencia profunda que mina la vida económica y social, que multiplica las crisis y las hace cada vez más violentas y más devastadoras, que engendra este malestar permanente, que amenaza en ciertos momentos todo lo que la Humanidad ha acumulado en siglos de trabajo como beneficios de la civilización. Hay, de hecho, en la vida de las sociedades modernas una crisis más grave que la crisis de la moneda y de los cambios y del crédito y de los precios y las finanzas públicas, más grave porque es la madre de todas ellas: es la crisis del pensamiento económico, mejor dicho, la crisis de los principios informadores de la vida económica.

Hemos adulterado el concepto de riqueza; lo hemos separado de su propio fin de sustentar, con dignidad, la vida humana; hemos hecho de él una categoría independiente que nada tiene que ver con el interés colectivo, ni con la moral, y hemos supuesto que amontonar bienes sin utilidad social, sin normas de justicia en su adquisición y en su uso, podía constituir una finalidad de los individuos, de los Estados o de las naciones.

Hemos deformado la noción del trabajo y la persona del trabajador. Olvidamos su dignidad de ser humano, consideramos tan sólo su valor de máquina productora, medimos y pesamos su energía, y no nos acordamos siquiera de que es elemento de una familia, y que la vida no está sólo en él, sino en su mujer, en sus hijos, en su hogar.

Fuimos más lejos: disociamos el hogar; utilizamos a la mujer y al niño como valores secundarios, más baratos, de la producción –unidades sueltas, elementos igualmente independientes unos de otros, sin vínculos, sin afectos, sin vida común- y destrozamos prácticamente la familia. De un solo golpe desmembramos el núcleo familiar, aumentamos la concurrencia de trabajadores con la mano de obra femenina, y no le dimos en forma de salario lo que corresponde a la productividad de una buena ama de casa y a la utilidad social de una ejemplar madre de familia.

Desligamos al trabajador del cuadro natural de su profesión: libre de los vínculos asociativos, quedó solo; sin la disciplina de la asociación, quedó libre, pero débil. Luego consentimos que se agremiase con otros, y él lo hizo, como reacción, no para cumplir un fin de solidaridad y consciente de la necesidad de coordinar todos los elementos para la obra de producción de la riqueza, sino contra alguien o contra algo: contra los patronos, considerados como clase enemiga, contra el Estado, que es la garantía del orden; hasta contra otros obreros, en una fatal repercusión de las violencias y excesos practicados, o de las imposiciones que, realizadas en un sector, desequilibran a veces, y en detrimento de los propios trabajadores, las otras ramas de la producción. Ni elevación intelectual o moral, ni perfeccionamiento técnico, ni instrumentos de previsión, ni espíritu de cooperación; sólo odio, odio destructor.

Empujamos al Estado, primero hacia una pasividad absoluta, que no tenía o no quería tener nada que ver con la organización de la economía nacional, y después hacia un intervencionismo absorbente de la producción, de la distribución y del consumo de las riquezas. Siempre que lo hizo, dondequiera que lo hizo, frustró las iniciativas, se sobrecargó de funcionarios, aumentó de un modo desmedido los gastos y los impuestos, disminuyó la producción, dilapidó grandes sumas de riqueza privada, restringió la libertad individual, se hizo pesado, enemigo insoportable de la Nación. Los que ciegamente impelidos por la lógica de sus falsos principios, quisieron llegar hasta las últimas consecuencias, montaron la máquina con la ostentación de los grandes planes, con el rigor aparente de la ciencia y de la técnica más perfecta, pero el trabajador libre, el desapareció, arrastrado por el colosal engranaje, sin elasticidad y si espíritu, movilizados los operarios como máquinas, o transferidos como rebaños, que se llevan de una región porque se han concluido los pastos.

Sí; la crisis que sufrimos va ciertamente a pasar, pero lo esencial es saber si la enfermedad que mina la economía de las sociedades modernas será, por fin, atacada, porque si bien es cierto que se está consumando ante nuestros ojos el proceso de la democracia y del individualismo, el proceso de la economía materialista está concluso: todo falló. Tenemos, pues, vedado ese camino, y no veo otro que substituir los graves yerros que han torcido la visión de los conductores de hombre en el mundo, por conceptos equilibrados, justos y humanos de la riqueza, del trabajo, de la familia, de la asociación, del Estado.


Discurso pronunciado por Olveira de Salazar el 16 de marzo de 1933



lunes, octubre 20

Una hora menos

El almacén está abierto (no se que le pasa a Cruz y Fierro que parece que cerró)

Solo hice a tiempo de colgar, lo que no es poco, esta maravilla rescatada por el amigo Cruzamante.

jueves, octubre 16

¿Iván Karamasov tenía razón?


***

Querido Chesterton, tú y yo no dudamos en ponernos de rodillas, pero ante un Dios más actual que nunca. Sólo Él, en verdad, puede dar una respuesta satisfactoria a estos tres problemas, que son para todos los más importantes: ¿Quién soy yo? ¿De dónde vengo? ¿Adónde voy?.

En cuanto al paraíso que se disfrutará en la tierra, y sólo en la tierra, en un futuro próximo, al término de las famosas luchas, quisiera que se escuchara a alguien que escribe mejor que yo y - sin rebajar tus méritos- también mejor que tú: Dostoievski.

Recuerdas a.. Iván Karamasov. Es un ateo, incluso amigo del diablo. Pues bien, él protesta con toda su vehemencia de ateo contra un paraíso obtenido gracias a los esfuerzos, las fatigas, los sufrimientos, el martirio de innumerables generaciones. ¡Nuestros sucesores serán felices gracias a los sufrimientos de nuestros predecesores!. ¡ Estos predecesores que luchan sin recibir su parte de dicha, a menudo sin tener si quiera el consuelo de vislumbrar el paraíso que seguirá al infierno que atraviesan!.

¡Innumerables muchedumbres de infortunados, de sacrificados, que son simplemente la tierra que sirve para hacer crecer los futuro árboles de vida! ¡Esto es imposible!, dice Iván,

¡ esto sería un injusticia despiadada y monstruosa!.

Y tiene razón.

El sentido de justicia que existe en todo hombre, de cualquier creencia, exige que el bien realizado y los males sufridos sean premiados, que el hambre de vida, innata en todos, sea satisfecha. ¿Dónde y cómo, si no es en otra vida? ¿Y por quién, sino por Dios?¿ Y de que Dios, sino de aquel de quien escribía san Francisco de sales: "No temáis a Dios, que no quiere haceros mal, sino amadle mucho porque desea haceros mucho bien?".

Lo que muchos combaten no es el verdadero Dios, sino la falsa idea que se han hecho de Dios: un Dios que protege a los ricos, que no hace más que pedir y acuciar, que siente envidia de nuestro `progreso, que espía continuamente desde arriba nuestros pecados para darse al placer de castigarlos.

Querido Chesterton, tú lo sabes, Dios no es así: es justo y bueno a la vez; padre también de los hijos pródigos, a la vez que desea ver no mezquinos y miserables, sino grandes, libres, creadores de su propio destino.
Nuestro Dios es tan poco rival del hombre, que ha querido hacerle su amigo, llamándole a participar de su misma naturaleza divina y de su misma eterna felicidad.

Ni tampoco es verdad que nos pida demasiado; al contrario, se contenta con poco, porque sabe muy bien que no tenemos gran cosa.

Junio 1971

ALBINO LUCIANI (JUAN PABLO I); "Ilustrísimos Señores" tomado de FE Y RAZÓN

miércoles, octubre 15

Pródigos, avaros y liberales


El pródigosi tiene quien le corrija y tenga cuenta con él, vendrá a dar al medio y a lo que conviene.

Pero la avaricia es vicio incurable.

Porque la vejez, y todo género de debilitación, parece que hace avarientos a los hombres, y que es más natural en ellos que no la prodigalidad, porque los más son más amigos de atesorar que no de dar.

Pártese, pues, este vicio en muchas partes y tiene muchas especies, porque parece que hay muchas maneras de ella.

Porque como consiste en dos cosas: en el defecto del dar y en el exceso del recibir, no proviene en todos de una misma manera, sino que algunas veces difiere una avaricia de otra, y hay unos que exceden en el recibir, y otros que faltan en el dar.

Porque todos aquellos a quien semejantes nombres cuadran, escasos, enjutos, duros, todos éstos pecan en ser faltos en el dar, pero tampoco apetecen las cosas de los otros, ni son amigos de tomar, unos por una natural bondad que tienen y temor de no hacer cosas afrentosas (porque parece que algunos, o a lo menos ellos lo quieren dar así a entender, se guardan de dar porque la necesidad no les fuerce a hacer alguna cosa vergonzosa), entre los cuales se han de contar los tenderos de especias, y otros semejantes, los cuales tienen este nombre porque son tan tenedores en el dar, que no dan nada a ninguno.

Otros hay que de temor se abstienen de las cosas ajenas, pretendiendo que no es fácil cosa de hacer que uno reciba las cosas de los otros, y los otros no las suyas. Conténtanse, pues, con no recibir nada de ninguno, ni dar nada a ninguno.

Otros exceden en el recibir, recibiendo de doquiera toda cosa, como los que se ejercitan en viles oficios, y los rufianes que mantienen mujeres de ganancia, y todos los demás como éstos, y los que dan dineros a usura, y los que dan poco porque les vuelvan mucho.

Porque todos éstos reciben de donde no es bien y cuanto no es bien.

A todos los cuales parece serles común la vergonzosa y torpe ganancia.

Porque todos éstos, por amor de la ganancia, y aun aquélla no grande, se aconhortan de la honra, ni se les da nada de ser tenidos por infames. Porque a los que toman cosas de gran tomo de donde no conviene, y las cosas que no es bien tomar, como son los tiranos que saquean las ciudades y roban los templos, no los llamamos avarientos, sino hombres malos, despreciadores de Dios, injustos.

Pero los que juegan dados, los ladrones y salteadores, entre los avarientos se han de contar, pues se dan a ganancias afrentosas.

Porque los unos y los otros hacen aquello por amor de la ganancia, y no se les da nada de ser tenidos por infames.

Los unos, por la presa, se ponen a gravísimos peligros, y los otros ganan con los amigos, a los cuales tenían obligación de dar.

Y, en fin, los unos y los otros, pues, procuran de ganar de do no debrían: son amigos de ganancias afrentosas.

Todas, pues, estas recetas son propias de hombres avarientos.

Con razón, pues, se dice la avaricia contraria de la liberalidad, pues es mayor mal que la prodigalidad, y más son los que pecan en ella, que no en la prodigalidad que habemos dicho.

Aritóteles Ética a Nicómaco Libro IV, Capítulo I

miércoles, octubre 8

Crédito y descrédito


“Referirnos a la función del crédito no es fundamental para la restauración y el mantenimiento de la propiedad.


El crédito no es un elemento vital en todas las sociedades, no es un problema permanente y general de orden social, económico o político.


La función moderna del crédito es de desarrollo comparativamente reciente; y ha seguido un camino desgraciadamente malo, que parece estarse aproximando a la catástrofe.


El crédito es, pues, solamente un asunto local y efímero.


Sin embargo tenemos que considerarlo porque en este momento obscurece monstruosamente nuestra vida cívica.


En sus líneas principales la función del crédito (en ese sentido moderno), es la siguiente:

  1. Los medios de producción y cambio, y el dinero mismo pueden ponerse en movimiento sólo por medio de los Bancos.
  2. En una comunidad moderna altamente industrializada, y en Inglaterra por sobre todas, los bancos forman un monopolio que decide qué maquinaria debe ponerse en movimiento para la producción de qué riqueza, en que cantidad y por quién.
  3. En las manos de esas instituciones de crédito se encuentran en proporción creciente las fuerzas naturales y los instrumentos de producción y los almacenes de mercancías sin las cuales nada puede hacerse; y a discreción del banco está la distribución como por limosna del poder adquisitivo.

La organización de ese sistema, tal como está desarrollado en la actualidad, después de sólo unas pocas generaciones y más particularmente en los últimos cien años, se ha convertido en universal y todopoderosa en los países altamente industrializados y especialmente en Inglaterra.


Todos los pagos de cantidades insignificantes se hacen actualmente por medio de cheques, y prácticamente toda iniciativa depende del apoyo del monopolio bancario, el que emite o se rehúsa a emitir la promesa de pagar cheques.


El crédito bancario en circulación, siendo alrededor de diez veces el valor de los depósitos reales, tiene en su mano la válvula reguladora de toda la maquinaria económica.


No vale la pena intentar la restauración de la propiedad, aquí en Inglaterra, ahora, hasta que no hayamos dado al pequeño propietario algún poder de reacción contra ese amo universal.


En este problema como en todos los otros de nuestra investigación, las reglas principales son las mismas. No podemos hacer un ataque frontal ni podemos pretender un cambio universal e inmediato. Solo podemos trabajar de a poco y desde humildes comienzos.


Podemos en consecuencia, actuando pasivamente, sostener el trabajo útil que han hecho otros que no simpatizan con nuestros ideales. Podemos difundir (y es deber de todo buen ciudadano hacerlo) el conocimiento de los poderes arbitrarios poseídos por los bancos modernos y proclamar el deber de controlarlos.


Esa acción general está abierta a nosotros y es de gran utilidad. Pero no podemos pretender que se implante rápidamente un adecuado control del crédito, que se ha desarrollado casi durante nuestras vidas y que ya está a punto de estrangular a la sociedad.


Lo que podemos hacer es establecer pequeñas instituciones cooperativas de crédito, debidamente organizadas y legalmente protegidas contra ataques externos.


No resulta práctico sugerir un control público del monopolio bancario desde arriba, en manos del poder central del gobierno…Sus actividades sólo pueden ser modificadas por el crecimiento gradual de la propiedad bien distribuida.


Mientras tanto, a la par del presente monopolio bancario, debería fomentarse el desarrollo de los bancos cooperativos debidamente organizados, con privilegios oficiales y conectados con gremios de todo tipo. Esas instituciones populares de crédito no pueden subsistir ni por un momento contra la hostilidad de un monopolio bancario independiente (que hoy es más poderoso que el mismo Estado), a menos que fueran sostenidos por privilegios: leyes positivas que los protejan y estatutos especiales.


Pero asegurados esos estatutos y leyes que los defiendan del asalto y del asesinato, los bancos cooperativos populares aumentarían en importancia.


Quizás, aunque improbablemente terminarían por transformar todo el sistema del crédito bancario, sometiéndolo a esas pequeñas unidades que constituyen la base del gremio.


Aquí termino lo que no pretende ser sino una serie de breves sugerencias, acerca del método con que puede iniciarse una reacción contra el capitalismo y su fruto, el comunismo.


Hillaire Belloc 1936 “La restauración de la Propiedad Ed. Poblet. Buenos Aires 1949.

lunes, octubre 6

Ritos prestados


LA AUTOPSIA DE CRESO

Como una flecha me llegó un comentario de S.S. Benedicto XVI sobre la “crisis financiera”.


Ojeando la nota llegué a otro comentario que, pareciera, está en la misma sintonía. Claro, con matices.


Y todo esto me llevó a guardar aquí un fragmento de la Autopsia de Creso del poeta de Monte Egmont.


“Ya en el poder, se dijo Creso: “Mi dios es el oro y un dios no puede ni debe ser visible. Ocultó entonces el oro en inviolables cajas fuertes que serian el sanctum sanctorum de la nueva deidad. Ahora bien, un dios necesita su residencia sagrada, vale decir su Templo; y el Hombrecito Económico erigió esas duras y feas catedrales del oro que se llaman Bancos. Naturalmente, Creso no podía usufructuar a su ídolo si lo aislaba en absoluto de la feligresía. Se dijo entonces: “Haré imágenes de mi dios y las presentaré a los fieles”. Y Creso inventó el papel moneda. Claro está que, dada su inclinación a la parodia, Creso, no podía mover su artefacto sin algún ceremonial: Tiresias practicaba una liturgia religiosa y Ayax tuvo sus ritos caballerescos; era fatal que nuestro burgués introdujera sus “ritos económicos”. Y usted ve ahora, en cualquier institución bancaria, la serie de gestos, via crucis, firmas y sellados que hay que cumplir en los trámites del dinero, liturgia minuciosa obrada por un “cuerpo sacerdotal” cuya jerarquía se manifiesta desde los habanos de los Gerentes hasta las viseras de los fríos y biliosos Cajeros.

19.- Tal analogía o correspondencia de actos rituales no es única, ciertamente. Por ejemplo: el honor de Tiresias radica en su “santidad”; el honor de Ayax en la “justicia” de su espada; el honor de Creso está, como es lógico, en el “respaldo de su firma comercial”. Ahora bien, el Hombrecito Económico, en los primeros románticos días de su gobernación, se levantaba la tapa de los sesos cuando no podía él “hacer honor a su firma”, de igual modo que lo hizo el guerrero ante un deshonor de su espada. Más tarde Creso abandonó esos incómodos resabios de la belle époque; y optó por una quiebra legal, afirmado en una legislación que dictara él mismo a sus vasallos legistas. Hoy, en algunos casos extremos de su avidez, no trepida en organizar él su quiebra fraudulenta.

Por malo que fuese dábamos en él como en una figura “responsable”. Lo más turbio sucedió cuando el Hombrecito Económico desertando la parodia religiosa, comenzó a parodiar lo “iniciático y oculto”. Amigo, si usted buscara hoy a los responsables de la economía mundial, ya no daría con el sólido y visible Creso de ayer, sino con Directores de Empresas (que son técnicos y no capitalistas) o con inocentes “tenedores de acciones” (que ignoran quienes, dónde y cómo trabajan su dinero). Verdad es que aún se conservan los “centros visibles o indirectos” de la Economía; pero ignoramos en qué Himalaya, se han establecido los “centros ocultos” del oro y quienes podrían ser los Grandes Maestres responsables que los manejan. De igual modo, y también en parodia de lo esotérico, se han multiplicado las ininteligibles “doctrinas económicas” o textos iniciáticos del oro al lado de las cuales el Zend Avesta y la Kabbala parecen a traslúcidos cuentos infantiles.

21.- Todo ello, según ve, acaba en una triste alquimia de la moneda o el dinero. ¿He dicho triste? Debí calificar de “satánico” ese juego de los valores económicos. Porque la moneda sólo tiene un valor “cuantitativo”, desnudamente abstracto. y “potencial”: un valor “fiduciario” (de fíducia, confianza, seguridad, fe).

¿Qué fía, o de qué da confianza ese valor de la moneda? Ese valor garantiza “en potencia” otro valor “en acto”: un valor “esencial o cualitativo”.

Por ejemplo, cincuenta dólares (escribo en la era del dólar) tienen un valor “potencial” de cincuenta dólares, que traducidos por adquisición, al “acto” se transmutan en el alimento, vestido y la casa del hombre. Reúna usted, en imaginación, todas las monedas y billetes del mundo, y tendrá una cantidad “abstracta” que significa, en potencia, la satisfacción “concreta” de todas las necesidades humanas en el orden corpóreo.

Al acaparar la riqueza, el Hombrecito Económico da en una locura criminal:es una “locura” pues, más allá de sus necesidades individuales, amontona él números abstractos y estériles en sí: y es "criminal”, porque la estéril “potencia” que acapara él significa, “en acto”, el pan, el vestido y el techo del pobre que no los tiene.


Así miradas las cosas yo no vacilaría en sostener que la “propiedad es un robo”.

…sí, el Creador provee de todo a sus criaturas; y todo andaría bien si Creso no prevaricara en el reparto y se quedase con el alimento de las avecillas y con la ropa de los lirios.


Por otra parte Jesús, que así predicó en la Montaña, es también el “pobre absoluto”, vale decir la Humanidad en la plenitud de su miseria, que asumió Él enteramente con vías a la Redención; luego, el que le robó al pobre la ha robado a Jesucristo.


miércoles, octubre 1

Fondos de Alta gama, equilibrados (aunque subprime)


Hasta ahora había entendido bastante poco o nada a esta "crisis financiera". Solo podía garabatear y rescatar cosas que me vienen de lecturas antiguas. Pero al fin encontré a alguien que, con mucha precisión, nos explica la cuestión.

Espero que les sirva.

Buey Napolitano o Finanzas modernas


Según me dicen, parece que el razonamiento de Santo Tomás de Aquino se considera en los ambientes católicos como "Sustancialmente correcto".

Pero inmediatemente explican que el Angélico pifia pues "la moderna economía" ha probado que no sólo es instrumento de trueque, sino también medio de creación de riqueza, es decir, que se comporta como un objeto, en el que también puede distinguirse el bien en sí mismo y su utilización.


No se si seguir el razonamiento "sustancialmente correcto" del enorme napolitano o prestar oídos a las sirenas de la "moderna economía".

Vosotros vereis.



Séptimo mandamiento

No robarás (Ex 20,15)

El Señor prohibió en su ley de forma relevante la injuria hecha al prójimo. En primer lugar, la que se le hace en su misma persona: "No matarás". En segundo lugar, la que se le hace en el cónyuge: "No cometerás adulterio". En tercer lugar, aquí, la que se le hace en sus cosas: "No robarás".

Con este mandamiento se prohíbe toda sustracción indebida. porque hay muchas maneras de robar.

Primera, hurtando a escondidas: "Si supiera el dueño de casa cuándo iba a venir un ladrón..." (Mt 24,43). Tal conducta es reprensible, pues constituye una especie de traición: "Sobre el ratero cae la vergüenza" (Eccli 5,17).

Segunda, arrebatando por la fuerza, que es mayor insolencia: "Apelaron a su poder para despojar a los huérfanos" (Iob 24,9). Entre éstos se cuentan los príncipes y reyes injustos: "Sus príncipes, en medio de ella, como rugientes leones; sus jueces, lobos de la tarde, nada dejaban para la mañana" (Soph 3,3). Obran así contra los designios de Dios, que quiere un régimen justo y dice: "Por mí reinan los reyes y decretan con justicia los legisladores" (Prv 8,15). Y llevan a cabo sus atropellos unas veces a modo de hurto, otras acudiendo a la violencia: "Tus príncipes, desleales, cómplices de ladrones: todos aman el soborno, van tras los obsequios" (Is 1,23); en ocasiones, finalmente, legislando y disponiendo sólo con vistas al lucro: "¡Ay de los que establecen leyes inicuas" (Is 10,1). Dice Agustín que todo mal gobierno es un robo, por lo que exclama: "¿Qué son los reinos más que bandidaje?"

Tercera, no pagando el sueldo: "No retendrás el salario de tu jornalero hasta el día siguiente" (Lev 19,13). Esto debe entenderse en el sentido de que hay que dar a cada uno lo que es suyo, sea al príncipe, al prelado o al clérigo, etc.: "Dad a todos lo que les es debido: a quien tributo, tributo; a quien impuestos, impuestos" (Rom 13,7). Porque estamos obligados a dar su salario a los reyes que tutelan nuestra paz.

Cuarta, cometiendo fraude en las transacciones: "No tendrás en tu bolsa pesas diferentes" (Dt 25,13); "No cometáis injusticia alguna en los juicios, ni en las medidas de longitud, de peso o de capacidad. La balanza justa; las pesas exactas; justa la medida y exacto el sextario" (Lev 19,35‑36); "Dios reprueba el tener dos pesas; balanza falsa no es buena" (Prv 20,23). Va también esto contra los taberneros que echan agua al vino. Prohíbe asimismo la usura: "¿Quién habitará en tu tienda? ¿quién descansará en tu monte santo?... Quien no presta a usura su dinero? (Ps 14,1 y 5).

Va contra los cambistas, que cometen muchas irregularidades, y contra los vendedores de telas y de otras cosas.

Pero tal vez digas: ¿Por qué no puedo yo prestar dinero, como hago con un caballo o con una casa?.

Respondo: Hay pecado cuando una misma cosa se vende dos veces. Ahora bien, en asunto de casas se pueden considerar dos realidades: el edificio en sí y la utilización de éste; una cosa es la propiedad del edificio y otra distinta su utilización; por lo cual, puedo yo vender por separado su aprovechamiento sin vender la casa. Lo mismo ocurre con otros bienes por el estilo, Pero con aquellos que consistan meramente en su utilización, esto es, cuya utilización consista en gastarlos, no se puede hacer como con una casa. Pues bien, la utilización del dinero consiste en gastarlo, como la de los alimentos en consumirlos. Por tanto, si cobras por separado la utilización en estas cosas, vendes dos veces.


Comentario de Santo Tomás a los mandamientos (escritos catequísticos)